No sabían que las lluvias no eran simples lluvias, sino parte del huracán Eta. Nadie les avisó, muchos se toparon con la furia de los vientos huracanados en el corazón del bosque. No llegaron tampoco funcionarios del Gobierno ni cuerpos especiales para evacuarlos. Se autoevacuaron bajo el agua y con lo poco que podían llevar entre manos y cargar a sus espaldas, dejaron sus casas pero también los alimentos que aún crecían en sus parcelas. Todo está anegado. No hay agua ni luz, cazar o ir al río es arriesgarse a no volver. Los granos, que están contados, se les están acabando.
Para sobrevivir, mientras esperan respuesta del Gobierno o ayuda de organizaciones, recurren al viejo «pana-pana», el intercambio miskito, o el «biri-biri», la voz mayangna para referirse a un trato de reciprocidad. Son estas costumbres tradicionales basadas en el apoyo mutuo y la propiedad colectiva las que los han mantenido a flote estos días. «Yo te doy un poco de esto que tengo, vos me compartís de lo que te queda».
Otra gran pérdida de sus cultivos vuelve a sumergirlos en una profunda crisis alimentaria que se agudiza con la crecida de los ríos que bloquean el paso para regresar a sus casas o a sus parcelas donde saben que no encontrarán más que fango y desechos. Los comunitarios han denunciado la falta de atención y ayuda por parte de las autoridades locales, regionales y nacionales, pero no reciben respuesta ni atención, por lo que, según líderes y defensores de derechos humanos, los pobladores no tienen otra alternativa que salir a buscar qué rescatar en los alrededores para ayudarse entre ellos mismos con lo poco que llevaron y lo poco que encuentran. El «biri-biri» y el «pana-pana».
Justo ahora, cientos de familias en el corazón de la Reserva Bosawas y zonas aledañas están escampando el agua en refugios improvisados en escuelas e iglesias locales, las únicas estructuras que a pesar de estar en mal estado podían brindarles un nivel medio de seguridad entre cuatro paredes de concreto; la arquitectura local se caracteriza por tablones, techos de paja y vigas de madera sobre las que se alzan las casas.
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«Las comunidades mayangnas no cuentan con casas de albergues, ni ayuda básica para las familias, están resguardándose en las iglesias o escuelas y eso que no son tan seguras porque están en mal estado. En esos lugares no hay comida, ni siquiera agua, no hay energía, están completamente incomunicados, ahí no ha llegado ningún tipo de ayuda», explicó Byron Bucardo Miguel, líder comunitario en el territorio mayangna Sauni As, conformado por 18 comunidades.
Algunas comunidades indígenas del territorio Wangki Maya y Wangki Twi Tasba Raya, se encuentran en las mismas condiciones, según José Medrano Coleman, defensor del Centro por la Justicia y Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua (Cejudhcan). Los comunitarios están incomunicados y en crisis alimentaria producto de la crecida de los ríos y las inundaciones que han afectado nuevamente las pequeñas viviendas y sus siembros.
Ríos que lo abarcan todo
Las casas ubicadas cerca de la ribera de los ríos Coco Abajo y Wawa son las más afectadas producto de la crecida de los caudales, las corrientes arrasan con los cultivos y viviendas, misma situación que sufrieron en agosto tras el paso de la onda tropical número 14, pero que esta vez empeoró producto del devastador paso del huracán Eta. Su situación es más delicada.
«Lo que manejamos de las comunidades Wawa Bar, Sukatpin, Wisconsi, Francia Sirpi, Santa Clara y La Esperanza, los comunitarios están muy preocupados por la crecida rápida de los ríos Coco y Wawa. Hay casas inundadas producto de las constantes lluvias. En la comunidad de Sukatpin hay casas destruidas, sin techos, hay árboles, la comunidad Wawa Bar ha sido devastada. No tenemos comunicación tan fluida con los líderes por la falta de energía y señal en la boscosidad de la zona», apuntó Coleman.

En esa misma situación se encuentran las familias de la comunidad mayangna de Alal, ubicadas en la parte baja del rio Wawa, donde son más vulnerables a las inundaciones.
«A esa gente se le inundaron sus viviendas, se tuvieron que trasladar a las iglesias y escuelas, pero ahí siguen sufriendo porque los niños lloran de hambre, no hay agua, porque los ríos están crecidos y si se bebe de esa agua se pueden enfermar. Algunos hombres que andaban patrullando (vigilando) en sus parcelas para que no fueran ocupadas por los colonos se quedaron varados dentro de las montañas, a su suerte, siguen incomunicados, no tenemos comunicación, no tienen como salirse de esas áreas y tampoco pueden cazar o pescar porque corren riesgo de morir ahogados en los ríos o aplastados por cualquier árbol que le caiga encima», señaló Bucardo.
Crisis tras crisis
La directora de Cejudhcan, Juana Bilbao, explicó a LA PRENSA que han corroborado durante una visita in situ que las comunidades de Wangki Twi Tasba Raya están sufriendo los estragos más fuertes del paso del huracán Eta. «Han sufrido los efectos más devastadores, perdieron sus siembras de arroz, musáceas, yuca, árboles frutales; la comunidad de Wisconsin está inundada, sus casas quedaron sin zinc, sin tablas, están a la espera de ayuda de las autoridades», mencionó Bilbao.
Coleman agregó que ante la necesidad de ayuda y no recibir ninguna respuesta, los comunitarios se ayudan entre ellos mismos cuando logran encontrar algún alimento en las casas que no fueron completamente destruidas. «Buscan por sí solos donde no hubo tanta destrucción, buscan alimentos, ahí siempre el ‘pana-pana’, la solidaridad en estos tiempos, se ayudan entre ellos mismos. Ellos no solo perdieron sus cultivos, ellos no pueden ir a pescar ni menos a cazar, los fuertes vientos arrasaron con sus cultivos de musáceas, yuca, su crisis alimentaria se agudiza», apuntó.
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Por su parte, el líder comunitario mayangna afirmó que los comunitarios sufren cada día más necesidades, debido a que «no tenemos acceso a nada, no tenemos alimentos, agua, ropa, para mandar a las comunidades que están incomunicadas por los ríos que están crecidos y la caída de árboles, uno no tiene salida. La gente no ha comido nada, los ríos están contaminados por las basuras que traen las venidas, es lamentable, la gente puede morir de hambre, y quienes logran rescatar algo de sus casas lo comparten, nosotros decimos que es ‘biri-biri’, pero no es suficiente para aguantar tanto tiempo».
Además señaló que los que están en las iglesias y escuelas no tienen alimentos ni agua, ni colchonetas ni ropa, ni energía. «Los ancianos y niños pueden enfermarse con tanto frío y sin comer se pueden morir», dijo con tono de preocupación Bucardo.