Seña de identidad característica del ahora fallecido Sean Connery era su tarjeta de visita: “Mi nombre es Bond,… James Bond”. También le distinguía una pronunciación del inglés que ha quedado como clásica. Nunca trató de ocultar su acento escocés. Se convirtió en modelo, con la soterrada irritación de los puristas ingleses. Sus doblistas se esforzaban en reproducir la sonoridad y precisión de Connery, sin conseguirlo.
Mi familia está harta de escuchar que, de nacer yo de nuevo, me gustaría poder hablar el inglés como Sean Connery.
No soy una excepción en el mundo hispanohablante, territorio en el que el aprendizaje del inglés se ha llegado a convertir en una utopía en este planeta globalizado. Pero también me satisface poder afirmar que la incorporación del inglés a mi vida cotidiana se hizo muy tempranamente, sobre todo en comparación con los componentes de generación en la Barcelona de la posguerra española.
En el bachillerato solamente se raspaban los rudimentos del francés. Esto era insólito en una sociedad que se suponía bilingüe con el castellano acompañado del catalán encorsetado, reducido al habla, prácticamente ausente en los medios impresos. Fue entonces cuando quedé fascinado por el intercambio de diálogos entre jugadores de tenis norteamericanos y australianos durante los torneos de Copa Davis en el Real Club de Tenis Barcelona, donde mi padre aumentaba sus magros ingresos como encargado del personal eventual. Oír expresiones como “Love-Thirty” y “New Balls, please” fue un impacto definitivo.
De ahí que decidí, en el desierto lingüístico de la Facultat de Derecho, matricularme primero en los cursos del Instituto Británico y luego en los más prácticos del Instituto de Estudios Norteamericanos. No recuerdo ningún compañero en esos años que estudiara inglés, y menos que se fuera a trabajar por unas semanas de verano a Inglaterra, como una especie de Erasmus para pobres.
Cuando se produjo una vacante en el Colegio Americano, resulté aceptado como profesor, no porque tuviera una cualidad didáctica especial, sino casi exclusivamente por el temprano dominio del inglés. Igual ventaja tuve al serme ofrecido un puesto de profesor en una exclusiva escuela privada en Baltimore. La clave de la instalación del inglés en mi expediente se debió a esa fascinación por el habla de esos deportistas.
Luego continué tozudamente por cimentar los tempranos conocimientos mediante la escucha de otros modelos de habla que complementaban las lecciones. En aquellos años era todavía posible entender las letras de canciones de famosos. Ahora es imposible. Cualquier modelo me servía: desde Frank Sinatra a Paul Anka, desde Dean Martin a Perry Como. Incluso uno podría aprender con las letras de Los Beatles. Más tarde al popularizarse las melodías de Broadway, la cantante galesa Shirley Bassey compitió con ventaja con Sean Connery, al que acompañó contundentemente en “Goldfinger”.
Mi generación jugó con desventaja con la de nuestros mayores. Mi padre, con una educación apenas de primaria, conseguía con cierto esfuerzo hilvanar frases para hacerse entender por esos jugadores. Había crecido antes del final de la Guerra Civil con unas películas que se proyectaban en el original, sin las muletas del doblaje.
El hándicap del inglés en la Europa de posguerra tuvo diversos niveles. Entre los países con peor encaje del inglés destacan Francia e Italia. El caso galo se entiende al creer que se posee una lengua universal, pero el defecto italiano no encaja ya que sus hablantes solamente acaparan la escena de la ópera.
En el resto de los fundadores de la Unión Europea, es digno de estudiar el caso de Bélgica, trilingüe, donde el inglés revela distintos niveles. Notorio es el práctico dominio del inglés por sus dirigentes. Contrasta la defectuosa pronunciación del actual presidente de la Unión Europea, el ex primer ministro de Bélgica, Charles Michel, con la excelente dicción de numerosos funcionarios belgas de las instituciones de la UE.
Objeto de comentarios humorísticos era el caso del fundador belga de la UE, el primer ministro Paul-Henry Spaak, quien ocupó numerosos cargos continentales e internacionales. Se atribuye a Spaak el anhelo de poder tener una figura semejante a Maurice Chevalier y hablar el inglés como Winston Churchill. La realidad fue opuesta: hablaba inglés como Chevalier y su anatomía oronda se asemejaba a la de Churchill.
El dominio del inglés de los dirigentes españoles desde la recuperación de la democracia es variado. Nulo era el conocimiento de idiomas de Adolfo Suárez, desconocido el de Calvo Sotelo, mejorable el de Felipe González en inglés, y famosos fueron los chistes sobre el aprendizaje de Aznar, al que se debe reconocer su esfuerzo. Rajoy destacaba en las reuniones del Consejo Europeo por verse aislado e imposible de encajar en fotos: no podía expresarse más que en español. El dominio del inglés mejoró en las actuaciones de Rodríguez Zapatero, mientras Pedro Sánchez debe ser reconocido como la figura más destacada en idiomas, gracias a su densa experiencia en misiones internacionales antes de llegar a la Moncloa.
En fin, mientras los hispanohablantes se priven de la experiencia de ver y oír en el origen las películas protagonizadas por Elizabeth Taylor y Richard Burton, oír la personificación de figuras históricas en las voces de Gregory Peck (el general MacCarthur) y Charlton Heston (cualquier rey o emperador), y “Bond, James Bond”, no solamente se perderán un recital impresionante, sino que no podrán mejorar su inglés, como lo hizo la generación de mi padre en los 30.
El autor es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
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