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La primera vez que estuve en una Serie Mundial no fue la mejor experiencia para mí. Tengo que tragar saliva y admitir que no estuve como esperaba en 1979 contra los Piratas de Pittsburgh. A pesar que había sido el caballito de batalla del equipo con 15 victorias en la temporada regular y con varios lideratos: juegos iniciados (39), juegos completos (18), entradas lanzadas (292.1) y había lanzado 8.1 episodios para tres carreras en el partido de Campeonato de la Liga Americana ante Los Angelinos, me habían descartado de la rotación cuando estaba emocionado para tomar la pelota y subirme al montículo en la Serie Mundial. El mánager Earl Weaver me dijo: “Dennis estás fuera de la rotación”. Esas palabras las sentí como si fueran una daga directo al corazón.
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La explicación del mánager se basó en la parte estadística del oponente, aduciendo que los números arrojaban que los Piratas le bateaban muy bien a los derechos, y solamente mantendrían a Jim Palmer como brazo derecho, mientras Scott McGregor y Mike Flanagan, ambos zurdos, tomarían la estafeta de abridor de la serie. Logré abrir el cuarto juego porque el clima de lluvia combinado con nieve provocó que la Serie Mundial no iniciará el 9 de octubre como estaba programada, sino hasta el 10, jugándose cinco partidos seguidos, dándome chance de retomar el montículo. No obstante, después de sortear el primer episodio de ese cuarto partido el mundo se derrumbó en el segundo inning. Willie Stargell me abrió con jonrón, mientras el resto de bateadores arrancaban pedazos de mí hasta que fui reemplazado por Sammy Stewart, permitiendo cuatro carreras. Más adelante, en el séptimo partido tuve la oportunidad de relevar en el noveno inning con las bases llenas y un out. Aunque dominé a Stargell para doble play, cobrando venganza y saqué el inning, antes había golpeado a Bill Robinson para que los Piratas sumaran la cuarta carrera y así caer (4-1) en el Memorial Stadium ante 53,733 personas.
Cuento esta experiencia porque el análisis y decisiones de los mánager de la actualidad, como Kevin Cash, basadas en los datos no son nuevas. Lo que si ha pasado es una total evolución, en la cual todos los equipos se han subido a la ola, y la tecnología ha crecido tanto que el beisbol se ha convertido no solo en una partida de ajedrez, sino también en un problema matemático sin límites. Durante esta Serie Mundial estamos viendo la lucha de David contra Goliat, un equipo con un costo de 80 millones de dólares más que el oponente en esta temporada recortada a 60 juegos, y aún así la batalla es impredecible.
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Siempre he apoyado a los equipos de bajo costo, también conocidos como “underdogs” porque en mi paso por Las Mayores pertenecí a esa corriente, tratábamos de girar el destino no siendo favoritos y es el reflejo que el dinero no lo es todo. Admiro mucho lo que hace Cash puesto que debe visualizar cada movimiento a la perfección y si le rompen el plan debe preparar otro al instante, pero sin contar con los nombres de peso que presentan los Dodgers. Aunque es obvia la superioridad y favoritismo de los Dodgers, lo de Tampa es impresionante. No solo están limitados y tienen el reto de sacar outs, sino también en cómo descifrar y anotar ante unos monstruos de la colina como Kershaw y Buehler.
Vivimos tiempos modernos en el beisbol. El robo de base, el bateo y corrido y toque de pelota ha quedado casi obsoleto, sino que todos buscan el jonrón. Sin embargo, a veces aparecen conjuntos como el de Cash sorteando los pronósticos sin estrellas en el firmamento y obligan a pararse de la silla frente al televisor y aplaudir sin pausas.
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