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Secuestro
La fortaleza que ahora mismo tiene el régimen de Daniel Ortega es la de un secuestrador, fuertemente armado, pero cercado. No tiene posibilidades de escape, pero puede hacer mucho daño. Decide la vida y muerte de los rehenes, puede castigar a los rebeldes y premiar a los colaboradores. Es un rey en su reducto. Su situación, sin embargo, es insostenible, no puede quedarse ahí, toda la vida, viviendo del secuestro. Su poder termina cuando termine el secuestro. El rey pasará a ser lo que es en realidad: un delincuente. Hay mil formas de que un secuestro termine y ninguna de que dure para siempre.
Paz
“Paz” es una de las palabras mas usadas por el régimen, y particularmente por Rosario Murillo. “Con la paz no se juega”, dice una furibunda Murillo y el domingo una turba paramilitar revienta vidrios, poncha llantas, apedrea opositores y deja a la periodista Verónica Chávez en cuidados intensivos. Por decir lo último. Volvemos al secuestro. La paz en este caso significa: “Estén quietos. Si ustedes solo hacen lo que se les dice, no les va a pasar nada”. Ellos podrán matar, golpear o vejar a los rehenes y nunca será su culpa. Siempre la culpa de la violencia será de las víctimas que los desafiaron al no cumplir cabalmente sus órdenes.
Soberanía
Soberanía es una palabra hermosa, que inspira mucho respeto. Ortega y Murillo la han convertido, como tantas otras, en una caricatura. Reclaman el respeto a la soberanía en foros internacionales. Promueven leyes dizque para defender la soberanía. Matan, encarcelan y roban en nombre de la soberanía. Ven la “soberanía” como el derecho de mando en un secuestro. Y quieren que todos defendamos como “soberanía de Nicaragua” el derecho de Ortega a hacer aquí lo que se le venga en gana. Injerencia o intervención en la soberanía llaman al rechazo que sus acciones provocan en el extranjero o al auxilio que desde afuera pueda llegar a las víctimas.
Derecho
El derecho, en un secuestro como el que vive Nicaragua pierde su significado como “conjunto de normas que permiten resolver los conflictos en el seno de una sociedad”. Aquí el “derecho” son simplemente las reglas o normas que pone el secuestrador, expresamente para que las cumplan los secuestrados según su conveniencia. Esas reglas son, por supuesto, antojadizas. Dependen del humor y las conveniencias de Ortega y jamás de las necesidades para una convivencia armoniosa entre ciudadanos y gobernantes, o, como en este caso, entre rehenes y secuestradores.
Narrativa
Ortega y Murillo se saben delincuentes, pero están aferrados a una narrativa sesentera que pueda exonerarlos de sus crímenes ante los ojos de los demás. Solo así se explica esa diatriba desquiciada de todos los días. Simulan pelear con un enemigo gigantesco, el “imperio” le llaman, y descalifican a sus víctimas como “terroristas”, “vendepatrias”, “peleleles” o “traidores”, entre otros, para justificar la violencia que han desatado contra ellas.
Síndrome de Estocolmo
Obviamente, como en todo secuestro, existe el riesgo de que alguno que otro desarrolle el síndrome de Estocolmo, y termine sintiendo simpatías por sus secuestradores. Y ahí los vemos, a unos colaborando directamente con un régimen que solo miseria y zozobra puede significar para su futuro, y a otros descalificando cualquier salida, poniéndole “peros” a todo. Fustigan al que quiere asumir un liderazgo “porque quién le dijo a ese que puede ser jefe de equipo”, y se muestran inconformes con cualquier plan que intente cambiar las cosas. En el fondo, sus acciones, manifiestas o latentes, buscan que la situación siga tal cual la quiere el secuestrador. Se sienten a gusto porque les dan ración doble.
Gobierno
Creo que es muy importante tener presente esa calidad de secuestro que se vive en Nicaragua para desde ahí entender cualquier proceso que se quiera iniciar, sobre todo ahora que se habla de declarar la “ilegitimidad del régimen de Daniel Ortega”. No se puede negociar con un secuestrador como si fuese una relación de iguales. No se puede, cuando conviene, buscar al secuestrador, como árbitro, juez o autoridad, para dirimir diferendos con otros secuestrados. No se puede, en fin, tratar a tu secuestrador como gobierno.
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