¡Ay los dictadores! Nunca aprenden

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Dictadores

Si Daniel Ortega pudiese, por un instante, ver el futuro, probablemente no estaría haciendo las cosas que está haciendo hoy. Y si bien no puede ver el futuro, todos podemos ver el pasado y, a través de él, deducir lo que puede ocurrir en el futuro. Si revisamos la historia, podemos dividir a los dictadores entre aquellos que de alguna manera reconocieron que su tiempo se había terminado –que son los menos, la excepción a la regla– y los que han creído que por la fuerza podrían sostenerse en el poder para siempre. La diferencia entre unos y otros es que los primeros terminaron sus días en la cama, y los segundos murieron cruelmente asesinados. Sus regímenes fueron violentamente desbaratados.

Últimos días

Hay dictaduras de diferentes tipos en la historia y en el mundo. Algunos han encontrado en la sicología una suerte de explicación a la aparición de los dictadores. Dicen que el dictador lo es por los trastornos de personalidad que carga. Ponen de ejemplo a Hitler, quien sufría bipolaridad y otros complejos, o Idi Amin, con delirios de grandeza. En lo que todos coinciden es en el comportamiento final. En sus últimos días los dictadores se la pasan aislados, agresivos, rodeados de un círculo cerrado de incondicionales que les dice lo que quieren oír, y, este es el punto de esta columna, cometiendo errores que determinan su final.

Somoza

Pongamos que Anastasio Somoza Debayle hubiese tenido esa posibilidad de ver el futuro, digamos, en 1977 o 1978. ¿Habría hecho las cosas de la misma manera? Probablemente el mejor consejo que se daría a sí mismo es reconocer que su tiempo terminó. Que contener el cambio con violencia, solo generaría la violencia que lo llevaría a terminar como terminó, huyendo precipitadamente, con su familia y partido proscritos en Nicaragua, y finalmente asesinado de un bazucazo en una calle de Asunción, Paraguay.

Pinochet

Una excepción a la regla fue Augusto Pinochet.  Y, aun así, tampoco es que haya sido el estadista que supo en qué momento irse a su casa a sentar nietos en sus rodillas. Pinochet se sometió a un plebiscito en 1988 con la seguridad de que iba a ganarlo porque tenía todas las ventajas para ello. Pero la oposición aprovechó ese resquicio electoral que se abrió, y, aún con todas las desventajas, ganó para que Pinochet se fuera. Pinochet terminó con arresto domiciliario, pero murió en su cama a los 91 años, y no asesinado como Somoza, ejecutado como los Ceaușescu, masacrado como Gadafi o colgado como Mussolini o Hussein. A su manera fue un dictador “inteligente”. Jugó bien su final.

Espejo

Ortega ni siquiera necesitar ir a Chile para ver lo que tiene que hacer. Debería verse en su mismo espejo. En 1990 se sometió a unas elecciones, creyendo, como Pinochet, que las ganaría de calle. Las perdió escandalosamente. Hasta una gran parte de los suyos votó contra él. No tuvo más remedio que entregar el poder. Es casi seguro, por las señas que da, que hoy considera que someterse o confiar en elecciones más o menos transparentes y libres fue uno de sus mayores errores. Al contrario, ese ha sido posiblemente el mayor acierto de su vida. ¿Cómo habría terminado él, su familia y su partido si ha escogido el camino que está escogiendo ahora? Apostar a la represión y cerrarse con el país y el mundo encarándolo, habría sido su perdición. Como lo fue para Somoza. En cambio, con su “error” logró salir vivo, quedar libre y seguir teniendo poder “desde abajo”. Y hasta pudo luego regresar al poder. Aunque no lo reconozca, Ortega ganó perdiendo en 1990.

Justicia

Posiblemente ya sea demasiado tarde para que Daniel Ortega y Rosario Murillo se retiren a chinear nietos. Hay muchos y muy grandes  crímenes por los que responder. Igual que en 1979, ya era muy tarde para que Somoza entregara el poder y se retirara a vivir sus últimos días en Montelimar con Dinorah Sampson. Pero una salida de justicia es diferente a una salida violenta, de venganza y de rabia. Nicaragua merece encontrar paz en la justicia. En vez de atizar una salida violenta, Ortega debería reconocer que su tiempo ya terminó, abrir la posibilidad de un cambio pacífico por medio de elecciones libres y negociar incluso, si fuese el caso, ser juzgado con las garantías que él ha negado a los opositores. Ahí está la historia gritándoles su futuro. Pero los dictadores no aprenden. Es su naturaleza.

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