Hay que luchar sin descanso

Siempre en nuestra vida tendremos desilusiones y desengaños, que hace que perdamos la confianza, la esperanza y nos conducen a la frustración.

Nos hemos desilusionado de nuestros líderes pues han realizado lo que no prometieron, pensábamos o esperábamos. Actualmente, son muchos los jóvenes que viven desilusionados y hasta decepcionados de la misma vida. Esperaban encontrar trabajo terminados sus estudios, pero la sociedad les cierra sus puertas.

Son muchos los padres de familia que hicieron todo por sus hijos y esperaban encontrar en ellos el apoyo y la respuesta adecuada, pero luego vieron como única paga el egoísmo de aquellos por quienes siempre se dieron generosamente.

La vida lleva consigo muchas desilusiones y desengaños. A mayor expectativas más decepciones. Job decía: “Esperaba dicha y llegó la desgracia; esperaba luz y vino la oscuridad” (Job. 30, 26).

Dios también ha sufrido y sigue sufriendo desengaños y decepciones de parte de nosotros, los hombres. Dios nos hizo lo más bello que había salido de sus manos y nosotros nos corrompimos y destrozamos su obra. Él eligió un pueblo para preparar el camino de la salvación de su Hijo amado y el pueblo no le respondió y como nos dice el profeta Isaías: “Nos trató con un cariño especial como la ‘viña de sus amores‘. Pero, en vez de darle uvas dulces le dimos uvas amargas (Is. 5, 4).

Jesús, en su entrada a Jerusalén, nos dice San Mateo que lloraba sobre la ciudad y le decía: “Jerusalén, Jerusalén ¡cuántas veces quise cobijarte como la gallina cobija a sus polluelos y no lo has querido!” (Mt. 23, 37).

Jesús dice a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo judío palabras duras, que es la expresión viva de la decepción por las esperanzas frustradas del Padre Dios. Esperaba que su pueblo diera buenos frutos y lo único que encontró fue el asesinato hasta de su propio Hijo. (Mt. 21, 37-42).

La vida tiene muchos sinsabores, muchas decepciones, muchos desengaños. Hay gente que ante las constantes decepciones que sufren, se cansan, se desengañan de todo y de todos y tiran la toalla. Se han dejado vencer ante las esperanzas frustradas y ante los desengaños de la vida. Pero los grandes hombres nunca se han hecho para atrás por estas circunstancias adversas. La historia no la hacen quienes tiran la toalla. Abraham, nos dice la Sagrada Escritura que a pesar de todo, y por encima de todo, “siguió esperando contra toda esperanza”. (Rom. 4, 18). Dios, por encima de todo y de todos, nos amó tanto que no solo no tiró la toalla, sino que nos dio a su mismo hijo (Jn. 3, 16) para que tuviéramos vida y vida abundante (Jn. 10, 10) haciéndonos hijos en su Hijo (Gal. 4, 6).

Jesús nunca se echó para atrás; llegó hasta el final, a pesar de todo y de todos. Jesús nos amaba demasiado como para abandonarnos a nuestra propia suerte y se entregó hasta la misma cruz. Nuestra infidelidad nunca apagó su entrega y su amor. Dios nos invita a que nunca nos cansemos de sembrar y de hacer frutos buenos, a pesar de todo y de todos (Mt. 21, 33), pero también nos hace una llamada a que nunca seamos causa de desengaño y de decepción para los demás.

Es verdad que hay en la vida momentos muy difíciles; nos sentimos impotentes de superarlos y con ganas de tirar la toalla, pero lo nuestro —si amamos la vida de verdad—, es luchar sin descanso, conscientes de que más tarde o más temprano nos va a llegar un nuevo amanecer.

El autor es sacerdote católico.

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