La irreparable grieta en EE.UU.

La reciente ola de protestas contra el supuesto racismo policial iniciadas por el vil asesinato de un ciudadano negro a manos de un policía blanco en Minneapolis esconde —aparte del justificado deseo de eliminar el racismo— un objetivo más amplio y radical que pretende sustituir al actual y exitoso sistema sociopolítico del país con una utopía socialista de fallida trayectoria.

Secuestradas en buena parte por grupos vandálicos y anarquistas, promovidas por una cadena mediática parcializada y aprovechadas por un partido demócrata controlado por el ala radical y progresista bajo el liderazgo de Bernie Sanders, muy pronto se transformaron en violentos actos de pillaje, destrucción a la propiedad y agresiones a la policía. Pese al formidable costo económico provocado por esas mal llamadas “protestas pacíficas”, se teme que estas representan solamente un preámbulo de lo que tendremos que soportar durante y seguramente después de las elecciones.

La grieta (como popularmente acostumbran referirse en el argot político los argentinos a las diferencias entre peronistas y no peronistas) que separa la agenda entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano, se ha ensanchado y profundizado de tal manera que pareciera ser irreparable. Amenaza con derribar la estructura bajo la cual fue construida el experimento social más exitoso en la historia de la humanidad. Uno que desde poco tiempo después de su creación ha liderado el periodo de mayor progreso técnico, científico, económico y social del planeta.

Irónicamente la amplificación de la grieta tomó fuerza en los Estados Unidos a partir de la elección de Barack H. Obama en el 2008. La elección del primer presidente negro de su historia, inicialmente percibida como una señal clara de que el racismo —uno de sus mayores componentes— había finalmente alcanzado su ocaso, la cosa no resultó así. Después de ocho años de acomodada inacción por parte de Obama, ese anhelo se esfumó y se hizo evidente que el avance en la lucha contra el racismo, la autodestrucción del núcleo familiar y los índices de homicidios entre la misma población negra habían aumentado formidablemente.

La elección de Donald J. Trump en el 2016, hasta la fecha imposible de asimilar por el liderazgo del Partido Demócrata y sus enérgicos seguidores, le dio mayor ímpetu, provocando niveles de intolerancia partidaria imposibles de razonar en la ejemplar democracia estadounidense. Y a medida que esa grieta se ensancha —lo que parece ayudar a la agenda de los “nevertrumpers” y demócratas—, irremediablemente se aumenta la parálisis legislativa y se detiene la adopción de urgentes medidas indispensables para paliar los pavorosos niveles de desempleo, destrucción de empresas y dramático daño en la psiquis de la población provocada por la pandemia.

Desde ya se prevé que por las limitaciones impuestas por la pandemia y por la decisión con fines electorales de los demócratas en practicar el voto universal por correo (no confundir con el voto por ausencia justificada), los resultados no serán conocidos la misma noche y probablemente días o semanas después, repitiéndose la caótica experiencia Bush vs. Gore en el 2000. El conteo de millones de votos ejercido bajo esa modalidad (según The New York Time, pueden llegar a 80 millones) será lento y lleno de irregularidades, convirtiéndose en un caldo de cultivo para cuestionar los resultados y continuar el caos ya convertido en rutina después del asesinato de George Floyd.

Cualquiera sea el resultado de las elecciones, se aproximan tiempos muy difíciles para la sociedad e instituciones estadounidenses, retos que amenazan con desfigurar permanentemente el anhelado “sueño americano” y posiblemente alterar la estabilidad política, social y económica de todo el planeta.

El autor es arquitecto, MBA, excónsul general de Nicaragua en Miami.

Opinión Estados Unidos archivo
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