Jesús siempre es incluyente, alaba a la mujer “cananea” por la gran fe que le ha demostrado: “Mujer, qué grande es tu fe” (Mt. 15, 28).
Ya en otra ocasión Jesús había alabado también la fe de un centurión romano, diciéndole: “Les aseguro que en Israel no he encontrado en nadie, una fe tan grande”. (Mt. 8, 10).
Así mismo, en una de sus parábolas, Jesús alabó la figura del buen samaritano y a la vez critica duramente la poca fe del sacerdote y del levita por el poco corazón que tienen con el hombre malherido a la vera del camino. (Lc. 10, 29-37).
Y es que para Jesús, como para su Padre Dios, no hay fronteras, ni razas, ni colores, ni sexos, ni clases sociales, ni ciudadanos de primera o de segunda clase.
Ya en el Antiguo Testamento Dios nos hace ver que la salvación no es un don clasista, ni exclusivo para el pueblo judío, como nos lo dice el profeta Isaías: “Mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos” (Is. 56, 7-8).
El mismo libro de Jonás no es otra cosa sino una fuerte crítica al falso nacionalismo del pueblo judío que se sentía el único ante Dios.
En el Nuevo Testamento, el Evangelio termina con una llamada de Jesús a todos los hombres del mundo entero, cuando le dice a sus discípulos: “Vayan, pues, al mundo entero y hagan discípulos a todas las gentes… enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado”. (Mt. 28, 19).
San Pablo entendió muy bien que el mensaje de Jesús era para todos los pueblos sin distinción alguna; por eso, decía a los Gálatas: “Todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús… Ya no hay judío ni griego, ni esclavo, ni libre, ni hombre, ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gal. 3, 28).
Ante Dios nadie debe sentirse excluido o rechazado. Dios no divide, Dios une. Dios se nos ha dado a todos como Padre (Mt. 6,9) y un Padre, como Dios, no hace distinciones entre ninguno de sus hijos.
Por eso, San Juan en su primera carta nos invita también a vivir todos juntos como hermanos: “Quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4, 20-21).
La grandeza de una persona para nuestro Dios, el Dios de Jesús, no está en su color, ni en su raza, ni en su cultura, ni en su clase social. Dios no discrimina a nadie, sea de la condición que sea.
El lenguaje que utiliza Jesús con la mujer “Cananea”, aparentemente ofensivo (Mt. 15, 26), solo tenía una finalidad muy clara: hacer ver a los demás la grandeza de su fe (Mt. 15, 28).
Por eso, las puertas de la Iglesia deben estar siempre abiertas para todos. Si alguien debe luchar a favor de toda persona humana sin distinción alguna, debe ser el cristiano. Ya lo dice el refrán: “Haz bien y no mires a quién”.
En el mismo camino de fe y amor, ante los ojos del Señor, todos somos iguales. Él nos mira con compasión y amor.
Por eso, tenemos pues que hacerlo vida cada día en nuestra comunidad.
El autor es sacerdote católico.