Lo de abril 2018 fue profetizado

Los acontecimientos de abril de 2018 en Nicaragua, que son llamados revolución, rebelión popular, insurrección cívica o alzamiento ciudadano pacífico, no fueron algo inesperado.

Desde que Daniel Ortega retomó el poder en enero de 2007 y comenzó a sustituir la democracia con un régimen autoritario, dirigentes políticos democráticos y analistas independientes previeron que en algún momento ocurriría un estallido político y social, como el que se desencadenó en reacción a la sangrienta represión de la dictadura contra las protestas pacíficas del 18 y 19 de abril de 2018.

La dictadura califica aquellos acontecimientos históricos como una intentona de golpe de Estado, organizado y ejecutado por los obispos de la Iglesia católica, los empresarios privados, políticos opositores y estudiantes “revoltosos”. Pero eso nadie se lo cree, probablemente no lo creen ni la misma pareja dictatorial y sus seguidores con un mínimo de inteligencia.

Por la situación objetiva del país, los hechos de abril 2018 eran inevitables. Los obispos de la Iglesia católica los profetizaron y aconsejaron a Ortega y Murillo que rectificaran el rumbo, que restablecieran las instituciones de la democracia y la vigencia integral de los derechos humanos, antes de que fuera demasiado tarde y la olla de presión política y social estallara.

Los obispos lo advirtieron en sus cartas y mensajes pastorales, desde fines de 2008 cuando el régimen de Ortega perpetró el peor fraude electoral de la historia de Nicaragua, para robarse la mayor parte de los gobiernos municipales que la oposición ganó en las urnas con los votos de los ciudadanos.

Entre los mensajes de la Conferencia Episcopal tuvo un particular valor profético el documento titulado En búsqueda de Nuevos Horizontes para una Nicaragua Mejor, que los obispos entregaron en sus manos a Daniel Ortega y Rosario Murillo, en el breve diálogo de la Iglesia con el régimen realizado en la Nunciatura Apostólica el 21 de mayo de 2014.

Las vidas valiosas e inocentes de centenares de nicaragüenses, segadas por los crímenes de lesa humanidad que la dictadura perpetró en 2018, y la grave crisis nacional agravada ahora por la pandemia del coronavirus, se hubieran evitado si los dictadores hubieran atendido los consejos de los obispos.

Previendo lo que podría ocurrir en Nicaragua si Ortega y Murillo no cambiaban de visión y actitud, la Conferencia Episcopal les aconsejó en aquella carta memorable que iniciaran diálogos abiertos, honestos y transparentes con la oposición política y la sociedad civil, “diálogos que no se hagan de espalda al pueblo, ni sean simples arreglos de cúpulas…”

Los obispos sugirieron a Ortega y Murillo que mediante esos diálogos impulsaran “una profunda reforma política de todo el Sistema Electoral que garantice un proceso electoral transparente y honesto en las elecciones presidenciales de 2016, con nuevos y honorables miembros al frente del CSE”.

Pero Ortega no aceptó la sabia recomendación episcopal y 4 años después ocurrió lo inevitable, lo que estaba profetizado, la revolución, rebelión, alzamiento popular —o como se le quiera llamar— de abril del año 2018.

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