Hijos de Sandino, no de Gandhi

“El miedo a la guerra (civil) nos impide ver la verdad”, así resumió John Quincy Adams, en 1841, el temor norteamericano por la polémica de la libertad contra la esclavitud. La guerra de secesión terminó ocurriendo irremediablemente 20 años después. Sin aviso, Daniel Ortega y sus sicarios, como un ejército de ocupación ejecutan con saña una guerra artera contra el pueblo. Nuestro rechazo a vivir una guerra civil no debería colocar el cliché pacifista como el punto de vista de Dios en la opinión nacional.

Recordemos a la oposición venezolana tras su victoria electoral en diciembre de 2015. La MUD igual decía que Maduro no quería entender los resultados, que estaba fuera de la realidad. Venezuela cambió, dijeron, y el chavismo “tendrá que acatar el mensaje del pueblo”. Los que no entendieron la naturaleza criminal y fascista del régimen fueron ellos. Sobra describir la agonía y la catástrofe humanitaria que hoy sigue brutalmente machacando al pueblo venezolano.

Como millares de nicaragüenses llevo dos guerras a tuto. En 1983 fui voluntario del heroico batallón 30-62 de la JS y al contrario de muchos burócratas “revolucionarios”, que hoy son apóstoles del cliché pacifista. No leía los combates en el diario Barricada con una taza de café en aire acondicionado. Estuve ahí, donde me salpicó la sangre de mis hermanos, donde sentí ese raro olor a “carne asada” que produce la metralla candente después de perforar los cuerpos.

Detesto la guerra, pero si aún el paro fallase, ¿por qué resulta tan inaceptable encarar la posibilidad de combatir la opresión? Eso debilita el ímpetu del pueblo, que no puede marchar mansamente hacia el holocausto, reprimiéndose de recurrir a los medios necesarios para defenderse por mantener una inmaculada resistencia cívica. No es esa la crítica que les hacen a los judíos. Con el respeto que se merece el Mahatma y sus seguidores, aquí somos hijos de Sandino, no de Gandhi.

Los opinadores que de buena voluntad trazan los escenarios constitucionales para la hipotética renuncia de Ortega y resaltan el civismo de Gandhi y Martin Luther King, deberían también ver más hacia nuestra propia historia y escuchar a las madres en duelo. En los tranques, donde el terrorismo esparce desgarradoramente la muerte, el pueblo clama por un paro inmediato. La gente intuye que estrangular la economía puede ser una forma más efectiva y humanamente menos costosa que la guerra para derribar al genocida.

Nosotros podemos invocar a Sandino, Pedro Joaquín Chamorro y Carlos Fonseca, asesinados por una maldad semejante. Su patriotismo y sabiduría pueden guiarnos para hacer lo correcto y no perder de nuevo nuestro boleto a la civilización. No permitamos que un tirano cobarde y desalmado nos imponga la paz de Leviatán. Si nuestros muertos nos exigen vencer, entonces usemos todos los medios posibles para derrotarlo y castigarlo por sus crímenes.

El autor es Ecólogo.

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