Ortega perdió no solo las calles sino también su capacidad de imponer su agenda política; en cambio, los estudiantes y jóvenes perdieron el miedo y han pasado de objeto de políticas arbitrarias del gobierno que en nada o muy poco les beneficia; a ser sujetos protagónicos de reivindicaciones que encarnan los intereses de la nación. Y como muy bien lo apunta el obispo Silvio Báez, han pasado a ser “la reserva moral” de Nicaragua.
Históricamente la juventud ha sido un símbolo de lucha, resistencia, sacrificio y factor de cambio en Nicaragua. Esta generación de universitarios, que han encendido la llama de la libertad, es hija de la generación de jóvenes que participaron a favor o en contra de la revolución, en el Servicio Militar forzado o voluntario o en la resistencia, la cual, por las circunstancias su accionar se centró en la política. Posteriormente en la década de los noventa ante la desilusión de las ideas individuales y colectivas, se refugiaron en la supervivencia familiar y en su inserción laboral. Pero a su vez, esta generación de universitarios que hoy le ha plantado cara a los Ortega Murillo, son nietos de los que derrocaron a la dictadura de Somoza, de esos militantes históricos marginados por la ambición desmedida de la familia presidencial, que con desprecio los volvieron marginales y material de descarte.
Aquí hay un hilo conductor de valentía, denuedo y compromiso patrio cuyo AND político se ha pasado a las generaciones siguientes. Sin lugar a duda, estos jóvenes ahora reviven la lucha que sus padres y abuelos en algún momento desarrollaron, son la continuidad de los ideales de sus antepasados inmediatos que se enfrentaron a las dictaduras de Somoza y la de los ochenta con el propósito de desterrarlas. El gran aporte histórico de esta generación, a diferencia de las otras podría ser el establecimiento de las bases sólidas para la democracia, sin sesgos ideológicos y cobijados bajo la bandera Patria, nada de sectarismos, ni de partidismo, una Nicaragua para todos.
Ortega y Murillo no deben ni pueden olvidar que producto de las guerras que precedieron el derrocamiento de la dictadura de Somoza y luego de la dictadura de los ochenta que él encabezó; hay en cada hogar un familiar o un pariente que dio la vida por una Nicaragua mejor, y que la pareja presidencial ha traicionado. Y esta juventud universitaria es la abanderada en la reivindicación de esos ideales de libertad que una vez empuñaron sus ancestros.
Los Ortega Murillo no deben, ni pueden olvidar que en las actuales circunstancias tanto los militantes históricos, los participantes en el derrocamiento de la dictadura y en la defensa de la revolución que han sido humillados por la furia desatada por ellos, volverán a ser suyas los mismos ideales que hoy abrazan sus hijos y nietos con la misma valentía y convicción, pero esta vez para conquistar la democracia y a diferencia de los que una vez luchamos contra Somoza, estos jóvenes tendrán la posibilidad de que sus padres y sus madres les transmitan toda la experiencia para enfrentar la actual dictadura, y al igual que ellos dispuestos a ofrendar sus vidas para preservar la de sus hijos y nietos.
Los Ortega Murillo no la tienen fácil, aunque han mostrado de forma espeluznante que en pocos días han asesinado a 40 jóvenes, desaparecido decenas y apresado a centenares de jóvenes inocentes, de difamarlos, pero si siguen con esa dinámica, se equivocan porque no podrán detener el rumbo inexorable de su salida del poder.
Los estudiantes y el pueblo en general le están diciendo a los Ortega Murillo que no están dispuestos a seguir aceptando más atropellos. Que su forma vertical, arbitraria, cínica y corrupta de gobierno ha llegado a su final. Que su tiempo se agotó y deben dejar el poder. Y mientras más pronto mejor.
El autor es sociólogo.