Unas elecciones anticipadas no van a ser una concesión. Es un derecho que se tiene que ganar en las calles, pacíficamente.
Aunque la definición literal de la palabra diálogo es conversación entre dos o más personas, un proceso de diálogo se entiende como un mecanismo amplio, pautado y participativo, que facilita la obtención de acuerdos transcendentales. En los diálogos nacionales se discuten y acuerdan las políticas de Estado, que fijan el rumbo del país a mediano y largo plazo; estas trascienden los Gobiernos y las políticas de Gobierno. El resultado de un diálogo nacional exitoso es un gran consenso que define la dirección del país para el futuro, el cual todos los sectores sociales y políticos se comprometen a cumplir.
Un diálogo nacional no es un proceso a realizarse a la ligera, ni bajo cualquier circunstancia. En mi experiencia facilitando los procesos de diálogo Encuentro Panamá 2000 y Visión Nacional 2020 como representante residente del PNUD en Panamá, existen condiciones mínimas que deben estar presentes para que se pueda llevar a cabo un diálogo nacional efectivo:
La primera condición es que exista un objetivo común hacia el cual el diálogo está dirigido. La segunda es que exista transparencia en la organización e implementación del proceso de diálogo. La tercera es que los participantes en el diálogo sean legítimamente representativos de todos los sectores de la sociedad. La cuarta sería que los garantes del diálogo tengan la fuerza suficiente para hacer cumplir los acuerdos.
Desde esta perspectiva, resulta más que evidente que en Nicaragua no existen condiciones para un diálogo nacional, menos aún uno exitoso:
Primero, porque ha quedado demostrado que este Gobierno y la población nicaragüense no tienen y nunca tendrán un objetivo común. El objetivo central de este Gobierno es mantenerse en el poder, a toda costa y por cualquier medio. El objetivo de la sociedad nicaragüense es recuperar al país de un sistema político antidemocrático y corrupto. No pueden existir dos objetivos más opuestos.
Segundo, porque ha quedado demostrado durante once años que la transparencia es anatema para el actual Gobierno. Por tanto, el acceso irrestricto de los medios nacionales e internacionales que un proceso de diálogo requiere, incluso la transmisión en vivo a la población, difícilmente se daría. Tampoco se puede contar con que este Gobierno deje de utilizar su amplio inventario de tácticas y estrategias amañadas para socavar, por debajo de la mesa, cualquier intento de consenso que debilite su férreo arraigo en el poder.
Tercero, porque ha quedado demostrado que durante años el régimen orteguista se ha dedicado a debilitar o eliminar sistemáticamente partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil. Igualmente, a truncar el liderazgo de cualquier ciudadano que se le opone. Por tanto, no se puede llenar a última hora un vacío político que se viene creando durante años y producir de la noche a la mañana sectores suficientemente organizados y legítimamente representativos de toda la sociedad. La recomposición de la sociedad civil y de las fuerzas políticas tomará su tiempo. Un diálogo con representantes improvisados podría tener consecuencias funestas.
Cuarto, porque ha quedado demostrado durante los últimos veinte y ocho años que Ortega y su séquito son expertos en eliminar, dividir, cooptar o comprar hasta sus más beligerantes opositores. Civiles, políticos y hasta miembros de la misma Iglesia han sido víctimas de sus oscuros métodos de coerción. Por tanto, mientras sea este gobierno el que esté convocando o participando en el diálogo, difícilmente se puede garantizar el cumplimiento de ningún acuerdo, por muy buenas intenciones que el sector o las personalidades actuando como garantes puedan tener.
Es vox populi que la pareja presidencial llegó al poder a través de elecciones amañadas y por tanto carece de legitimidad alguna. Pero aún su burda fachada de legitimidad quedó desmantelada cruel y sangrientamente, revelando descarnadamente a unos gobernantes ensimismados, capaces de sacrificar al pueblo nicaragüense igual o más rapazmente que la dictadura somocista. Este gobierno tiene las manos manchadas de sangre, carece de legitimidad institucional y autoridad moral, y por tanto no tiene lugar en una mesa de diálogo.
La conclusión que salta a la vista es que un diálogo no tiene cabida en este momento. Lo que cabe es acordar los términos para que se de una salida pacífica de la pareja presidencial y su séquito. Lo que cabe es crear un gobierno de transición que prepare las condiciones para elecciones anticipadas y libres.
Obviamente un gobierno de transición y unas elecciones anticipadas no van a ser una concesión del gobierno, menos van a caer del cielo. Es un derecho que se tendrá que ganar en las calles, pacíficamente, cuadra a cuadra, metro a metro. La presión constante de la población en las calles, marchando, demostrando su repudio a la opresión, la injusticia y la corrupción es el único medio para asegurar un cambio inmediato.
Durante el período de resistencia popular, la sociedad civil, los partidos políticos de oposición, el sector privado y la Iglesia, son los cuatro pilares centrales que unidos pueden articular un gobierno de transición y definir su composición. El trabajo es arduo, implica que los diferentes sectores sobrepongan los intereses nacionales a los intereses particulares. Requiere que el sector privado rectifique y redefina su norte; que la sociedad civil se reorganice y consolide; que los partidos políticos tengan visión estratégica; que la Iglesia hable con una sola voz. Grande es el reto, pero los nicaragüenses llevamos casi cuarenta años preparándonos para este momento en que finalmente podemos dar un salto agigantado en la construcción de una nación libre de yugos internos y externos.
Durante el gobierno de transición se podrá organizar un proceso de diálogo, con garantes nacionales e internacionales, y representantes organizados y legítimos, permitiendo a todos los nicaragüenses estar representados en la mesa donde se acuerde por consenso la Visión Nicaragua 2019. Un país democrático, próspero, pacífico, justo, creativo y unido. El país que hemos soñado y deseamos para nuestros hijos y descendencias futuras.
La autora es Master en economía y administración pública. Exdirectora Regional Alterna para el Bureau de Asia y el Pacífico en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).