Jesucristo entregó su vida en una cruel muerte de cruz, pero la muerte no lo conquistó. El primer día de la semana, Él confirmaba la victoria sobre el sepulcro, se mostró vivo y triunfante ante cientos de testigos. Su sacrificio en la cruz no solo purificó nuestro pecado sino que demostró su dominio sobre la muerte.
Por tanto, Muerte y Resurrección tienen un significado que trasciende hasta nuestros días, porque Cristo por medio de la Muerte en cruz lavó con su sangre las culpas de una humanidad sumergida en la maldad, y con su Resurrección no solo nos comprueba la validez de su sacrificio sino que nos hace partícipe de su victoria y nos da la certeza de la vida eterna después de la muerte.
¿Por qué Cristo tuvo que pasar por el trago amargo de la cruz? Él tuvo que morir en nuestro lugar y recibir el derramamiento de la ira divina de Dios. Él padeció toda la vergüenza, deshonra y dolor, producto del pecado que cargó de toda la humanidad; pero también en su corazón albergaba el gozo de saber que por medio de su entrega voluntaria, en obediencia a Dios, nosotros obtendríamos la redención.
Jesús proclamó su victoria en la cruz, cuando expresó: “Consumado es”, Juan 19:30. Este no es más que un grito de triunfo. Había terminado la obra que el Padre le había encomendado. La redención del pecado estaba completa, ahora solo quedaba ver la confirmación y la validez de tal sacrificio.
Después de la crucifixión de Jesús, el primer día de la semana, María Magdalena fue la primera testigo del acontecimiento más grande de la historia del mundo: la resurrección de Jesucristo. Ya que gracias a este evento, existe la fe cristiana, la salvación de las almas y la esperanza de la vida eterna. “Si no hay resurrección de muertos”, explicó Pablo a la Iglesia de los corintios, “tampoco Cristo resucitó”. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe.
Una persona que cree en un Cristo que no ha resucitado, cree en un Cristo sin poder, en un Cristo muerto. Es pues la Resurrección, la que valida el sacrificio hecho por Jesús en la cruz, porque nos comprueba que nuestra redención es lograda por medio de este santo sacrificio. Por tanto, la salvación solo les pertenece a quienes creen en la Resurrección de Jesucristo, siguen con amor sus enseñanzas y lo reconocen como el único Señor y Salvador de sus vidas.
Tanto la Muerte como la Resurrección de Jesús deben no solo trascender en la historia del mundo, sino marcar una nueva esperanza para los que en Él creemos. Ya no podemos aferrarnos a lo efímero de esta tierra, sino gozarnos en la certeza que nuestro verdadero destino es estar un día, gozando de la vida eterna junto a
Aquel Hombre que se despojó de toda su divinidad para habitar entre nosotros y darnos la garantía de la eternidad.
Su Muerte y su Resurrección son la prueba máxima que el amor verdadero sí existe, manifestado plenamente en Dios, quien entregándose totalmente no escatimó nada para demostrarnos que no somos un punto insignificante en este gigantesco universo, sino que somos la niña de sus ojos, sus hijos predilectos. Por ello hoy más que nunca, puedo gritar con gozo, ¡la tumba está vacía, Jesús está vivo!
El autor es presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.