Evangelizando, templos
Gonzalo Cardenal M.

Solo para pedigüeños (II)

Continuando con la oración de petición conforme el artículo de Chale Mántica, vamos a analizar las lecciones que nos han dejado sor Emilia y nuestro padre Abraham:

“Primera Lección: Saber con quién tratamos y reconocer quiénes somos”.

“En el Antiguo Testamento, el dirigirse a Dios de la manera que Abraham lo estaba haciendo era realmente un atrevimiento. Tan consciente estaba Abraham de esto que le dice: “Perdona que sea tan atrevido al hablarte así, pues tú eres Dios y yo no soy más que un simple hombre”.

“Jesús vino a enseñarnos una nueva manera de dirigirnos a Dios. Cuando sus discípulos le piden que les enseñe a orar, o sea, a dirigirse a Dios, Jesús les dice (Mateo 6:9): – “Ustedes deben orar así: Padre nuestro…” Fíjense que ya no es el simple hombre dirigiéndose al señor todopoderoso, como se presentó Dios ante Abraham en (Génesis 35:11): “Yo soy el Dios Todopoderoso…”, o al “Juez Supremo de todo el mundo”, como el mismo Abraham reconoce en el pasaje anterior que citamos del Génesis. Resulta que, reconociendo siempre la inmutable grandeza de Dios y la pequeñez del hombre, ahora Jesús nos muestra que además somos sus hijos y él es nuestro padre. Debemos dirigirnos a él siempre con profundo respeto y reverencia, pero ahora con la misma confianza que un hijo supone tener con su padre”.

“Segunda Lección: Hay que pedir”. “Según el catecismo de la Iglesia católica, la intercesión “consiste en pedir en favor de otro. Y eso era precisamente lo que hacía Abraham: pedía en favor de Sodoma y Gomorra. Más adelante, en el mismo Antiguo Testamento, Dios expresa su deseo de encontrar a alguien que interceda por Jerusalén, seguramente recordando el diálogo que había tenido con Abraham (Ezequiel 22:30): El Señor dice: ‘Recorran las calles de Jerusalén, miren bien, busquen por las plazas, a ver si encuentran a alguien que actúe con justicia, que quiera ser sincero. Si lo encuentran, perdonaré a Jerusalén’. Y en (Jeremías 5:1) dice: “Yo he buscado entre esa gente a alguien que haga algo en favor del país y que interceda ante mí para que yo no los destruya, pero no lo he encontrado”.

“Claramente, a través de la historia de la humanidad, ha sido el deseo de Dios encontrar personas que intercedan por los demás, que se atrevan a dirigirse a Dios en favor de sus hermanos. Jesús, por su parte, también nos anima a pedir (Mateo 7:7-8): “Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre”. Y nos recuerda que debemos hacerlo siempre desde la relación de un Padre con sus hijos amados (Mateo 7: 9 al 11): “¿Acaso alguno de ustedes sería capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O de darle una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!”.

“Jesús nos recuerda también que Dios Padre está siempre pendiente de las necesidades de todos sus hijos (Mateo 6:8): “Su Padre ya sabe lo que ustedes necesitan, antes que se lo pidan”. Y en (Juan 16:23) nos garantiza: “Les aseguro que el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre”.

En los próximos dos sábados vamos a continuar con estas interesantes reflexiones sobre la oración.

El autor es miembro del Consejo de Coordinación de la Ciudad de Dios.
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