La fiesta de Navidad ha de ser eminentemente cristiana, una fiesta que tiene como objetivo de que todas las miradas sean al Niño nacido en un portal de Belén (Lc. 2, 7), a la Palabra hecha carne (Jn. 1, 14) en el seno de María. ¡Navidad sin Jesús no es Navidad!
Es verdad que a través de los tiempos, y hoy de una manera especial, hemos envuelto la Navidad en tanto papel de celofán que parece que ya nos hemos olvidado de ese Niño de Belén y todas nuestras miradas parecen que van dirigidas y motivadas por el consumismo. Los cristianos hemos caído en las trampas del consumismo, de las comilonas, de los regalos, de las luces de colores, de Santa Nicolás, de Papá Noel…
El centro de la Navidad no es y no debería ser, otro que Jesús, el gran don que el Padre nos ha dado, hecho carne de nuestra carne. La Navidad es la gran fiesta del abrazo de Dios a los hombres hasta hacerse hombre como nosotros los hombres, niño débil como cualquier recién nacido “es el centro y el motivo de la Navidad”.
La Navidad es fiesta, una gran fiesta para toda la humanidad (Lc. 2, 10) y, de una manera especial para todos aquellos que hemos aceptado ese gran don de Dios, llamado Jesús. El mismo cielo hizo una gran fiesta porque Dios se había dado en Jesús a los hombres, como nos dice San Lucas: “Una multitud del ejército celestial alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc. 2, 13-14).
El nacimiento de Jesús fue una gran fiesta para los pastores a quienes el ángel les dijo: “No teman, pues les anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo: “Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo, el Señor” (Lc. 2, 10-11).
El nacimiento de Jesús fue, asimismo, una gran fiesta para los Magos, que al encontrarse con el niño en el pesebre, la “estrella que buscaban”, nos dice San Mateo que “se llenaron de inmensa alegría… Vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron” (Mt. 2, 10-11). Su alegría fue tan grande que el Niño de Belén les llevó a cambiar sus vidas: “Se retiraron a su país por otro camino” (Mt. 2, 12).
Hay, Navidad, allí donde el nacimiento de Jesús se convierte en una gran fiesta para nosotros. Hay Navidad: cuando nos acercamos a Belén y sentimos la alegría del cielo, de los pastores y de los Magos, y la hacemos nuestra. Hay Navidad cuando alabamos a Dios, como el ejército celestial y los pastores, por el gran don que nos ha hecho dándonos a su Hijo Jesús (Lc. 2, 13. 20).
Hay Navidad, cuando al mirar, al niño de Belén, no podemos sino convertirnos a una nueva vida, como los Magos lo hicieron (Mt. 2, 12). Como decía Gonzalo Gallo: “Si la Navidad genera en nosotros un cambio de actitudes, es porque Dios nace en nuestro íntimo ser”. Cuando nos convertimos en auténticos misioneros ante el mundo de la gran noticia de ese Dios que se nos da hasta el punto de hacerse carne de nuestra carne, debilidad con nuestra debilidad, como lo hicieron los pastores: “Contaron lo que le habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron, se maravillaban de lo que los pastores les decían” (Lc. 2, 17-18).
Hay Navidad, cuando también nosotros nos damos a nuestros hermanos más débiles y necesitados que siguen naciendo hoy, como Jesús, en un pesebre porque no tienen sitio en el albergue de esta sociedad inhumana (Lc. 2, 7).
Feliz Navidad
El autor es sacerdote.