templos vivos, Dios, Jesús, Iglesia Católica
Óscar Chavarría

En busca de excusas

En muchas ocasiones ponemos excusas cuando nos conviene o cuando no somos responsables. Es más, una de las cosas que más pronto aprendemos, ya desde niños, es a dar excusas, cuando no queremos comprometernos a algo o cuando queremos escabullirnos de algo. Todos tenemos en nuestro haber bastantes excusas inventadas en la historia de nuestra vida.

Las excusas están siempre a todos los niveles y en todos los estratos sociales o personales: desde los que están en las alturas del poder hasta los que nada pueden o tienen. Desde los ancianos hasta los niños.

Las excusas siempre han estado de moda: ayer y hoy: los políticos de ayer y de hoy tienen montones de excusas para el pueblo, cuando el pueblo les reclama y ellos no corresponden.

El esposo que llega tarde a la casa y paloteado, saca montones de excusas ante su esposa para que las cosas no pasen de ahí. El estudiante flojo a quien le han raspado precisamente por su pereza, tiene excusas de todo tipo para justificar sus malas calificaciones y, desde luego nunca falta la de siempre: que el profesor no vale, que le tiene entre ojos y que no sabe explicar…

Cuando la mamá o el papá le piden a los hijos cualquier colaboración en las labores del hogar, tienen excusas a montones para evadirse y no hacerlas.

Cuando las cosas en el hogar no marchan, siempre buscamos excusas para que la culpa recaiga en los demás y no en nosotros.

Cuando Dios y nuestra conciencia nos piden que cambiemos de vida porque por los caminos escogidos solo vamos a nuestra propia perdición y a la de los nuestros, nos buscamos todas las excusas habidas y por haber para decirle a Dios “NO”.

Por eso Dios, nos llama la atención cuando ponemos excusas. (Mt. 22, 1-14). Ante la llamada de Dios a participar en la fiesta de la vida y la salvación, siempre ponemos montones de excusas, como los invitados al festín de bodas.

El pueblo judío no respondió a la invitación de Dios y como solemos hacer siempre también nosotros, buscó todas las excusas habidas y por haber. Con razón dice el refrán: “Quien se excusa, se acusa”.

Siempre el hombre le ha temido a la llamada e invitación de Dios, como si Dios fuera nuestro aguafiestas. Huimos y nos excusamos de todo cuanto huele a compromiso con la fe, como si fuera el coco que viene a asustarnos y a arrebatarnos la felicidad de la vida.

No hemos entendido que Dios, el Dios de Jesús, nuestro Dios, solo nos llama y nos invita a que gocemos de la vida y para ello nos enseña el camino sin las mentiras y falsedades de este mundo.

Dios, aún sabiendo que nos excusamos ante su llamada, nunca deja de invitamos para que todos, sin distinción alguna, podamos gozar del banquete de la vida y de la salvación.

Dios, solo nos pone una condición: Que nos vistamos con traje de fiesta. Es decir: que nos quitemos tantos viejos vestidos como llevamos encima y que no nos hacen tener el rostro fresco del hombre nuevo (Ef. 4, 24).

Que dejemos atrás los viejos vicios que maltratan y entristecen la vida haciendo imposible que la vida sea una verdadera fiesta. Que rompamos con todas esas actitudes viejas que hacen imposible que la vida sea una verdadera fiesta, pero para todos, no solo para nosotros.

Que nos vistamos con formas nuevas de pensar, de sentir, de amar, de actuar, para que así la vida sea un fiesta en cuya mesa puedan sentarse todos los hombres de toda la tierra.

El autor es sacerdote.

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