Roberto Carlos Pérez

El regreso de los nicaragüenses al estado natural

De forma no poco perceptible, la sociedad nicaragüense está regresando a un peligroso estado de primitivismo salvaje. La pugna de todos contra todos, propia de los seres presociales, es decir, de esas hordas humanas que todavía no habían creado pactos para protegerse mutuamente, está cada vez más presente en Nicaragua.

El filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) entendía que los seres humanos nacen con instintos que determinan su comportamiento, tales como el amor y el odio, el placer y el sufrimiento, y que estos no son más que meras manifestaciones de su esencia animal. Segismundo Freud (1856-1939), el constructor del psicoanálisis, parece secundar a Hobbes al afirmar que si bien el amor es una fuerza que integra a los individuos, el odio, el sufrimiento y aún el placer o el deseo, son fuerzas que si no se canalizan irrumpen dentro del orden social y pueden incluso quebrarlo.

Pero Hobbes es mucho más apasionante que Freud porque vincula el estado primitivo de los hombres al nacimiento del Estado. Según él, en su famoso Leviatán (1651), nuestros ancestros vivían en estado de completo salvajismo, o condición natural, sin reglas, orden o justicia. La vida, o más bien el afán de conservarla, estaba altamente condicionada por la violencia y era esta la que les otorgaba una cierta e irónica igualdad, pues todos tenían derecho a matar. Invariablemente, quien mataba a su vez resultaba muerto. Todos gozaban de dicho “privilegio” y vivían inmersos en el miedo a perder la vida.

De ese temor nace la vida social y también el Estado, un mal necesario —según Hobbes— cuya misión es la de suprimir las desigualdades entre los hombres, protegiendo y garantizando a los más “débiles” la seguridad necesaria para desarrollarse y producir. Por consiguiente, fue necesario que los hombres crearan alianzas a fin de borrar el miedo que se tenían unos a otros, para de esta manera darle paso a una condición de “desigualdad” benéfica en la que el asesino estuviera siempre en desventaja y en el que este al fin comprendiera que romper las leyes jamás le aseguraría privilegios. Más aún: los pactos habrían de poner límites al amor propio, el cual solo conduce al individuo a creerse dueño de todo lo existente. Así, todas las voluntades se reducían a una sola: la de asegurar la libertad y el bienestar de cada hombre.

La convivencia, por lo tanto, era solamente posible si los hombres sacrificaban sus cuotas personales de “poder” y se las concedían a un individuo o asamblea que los gobernara, velando por sus intereses y creando condiciones de seguridad para que estos progresaran. He aquí el origen del Estado, aparato mediante el cual el hombre renuncia a su propia violencia.

Pero como El Leviatán, ese monstruo mítico que devoraba a los hombres, el Estado puede volverse salvaje, es decir, dejar de ser Estado para transformarse en un sistema al servicio de los exclusivos intereses del gobernante. También el Estado es factible de torcerse y ser temible, según Hobbes, porque puede engendrar la muerte y hacer que renazca el reino del miedo.

Vista la lección de Hobbes, caben las siguientes preguntas: ¿Cómo es el Estado nicaragüense? ¿Asegura este presunto Estado la anulación de la agresividad del individuo? ¿Trabaja el Estado en servicio de la voluntad general? ¿Está vigente su pacto social?

La corrupción que ha sido parte natural de nuestra historia nos da una respuesta inmediata. Claro está que si hacemos una revisión de nuestro pasado encontraremos vínculos que indican que todos nuestros gobiernos han descompuesto cínicamente la moral del Estado. Sin embargo, es del gobierno actual —sin duda el que mejor ha manejado la corrupción— o más bien la dictadura revestida de burocracia que hoy dirige nuestros intereses, del que nos debemos ocupar. Centrarse en él es vital para todos los nicaragüenses.

El presidente Daniel Ortega no está lejos del salvaje que imponía su fuerza para perpetuar sus intereses. Tampoco está muy lejos de ser el Leviatán que destruye el pacto nicaragüense. Se le adjudican muertes y abuso sexual que, por supuesto, la justicia, eternamente amañada, no ha querido esclarecer. Se le atribuyen robos, préstamos millonarios que el presidente maneja a su antojo y sin control por parte de ninguna institución. Y con ese dinero se financian hoteles, radios, canales de televisión, haciendas y mecanismos de represión. La deuda la contrae el Estado, pero las ganancias se reparten entre ciertos individuos ligados al gobierno. El pago, claro está, sale de las arcas nicaragüenses.

A través de Caruna, el principal sistema de préstamos del Estado, Daniel Ortega y Rosario Murillo hacen las veces de la vieja usurera de Crimen y castigo, la novela de Fyodor Dostoyevsky, sangrando al pueblo nicaragüense y traicionando los ideales cooperativistas por los que abogó Sandino. Los réditos deben cubrir las deudas del Estado pero desaparecen misteriosamente en manos de la familia Ortega-Murillo. Hay más: con la presunta construcción de un canal interoceánico que no se ha construido y no se llegará a construir, Daniel Ortega amenaza con expropiar tierras y a dejar en la calle a miles de campesinos e indígenas, rompiéndoles el espinazo. Por encima de todo, el tráfico indiscriminado de madera ha producido unos de los peores crímenes ambientales en la historia de Nicaragua.

El horror no termina aquí: la mayor estafa de la Estado impuesto por la dupla Ortega-Murillo se ha perpetrado a través del Instituto Nicaragüense de Seguro Social. Los contribuyentes, ahora ancianos jubilados, no reciben los beneficios por los que tanto trabajaron, pues estos se pierden en derroches administrativos.

En Nicaragua, el Estado, la construcción intelectual encargada de proteger al individuo, ha sido secuestrado por Daniel Ortega y Rosario Murillo, y se ha convertido en el Leviatán de Hobbes, el terrible monstruo que amenaza con destruirnos como antaño la violencia destruía a los hombres que no vivían en sociedad.

El autor es músico, narrador y ensayista.

COMENTARIOS

  1. el carolingio
    Hace 9 años

    Damos por sentado la autocracia, la monarquia disimulada en democracia, la corrupcion, la perdida de valores, el salvajismo, la compra de conciencias y toda una lista de lindezas que actualmente rolan en Nicaragua como normales y que serian de horror para las naciones que en verdad son verdaderamente democraticas y humanistas

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