Guillermo Cortés Domínguez

No quieren que sepamos que fue una guerra civil campesina

¡Cuidado! Cuando alguien habla de “guerra de intervención” en la década de los ochenta en Nicaragua, podría ocultar un trasfondo de la historia nacional con implicancias profundas para el presente en desarrollo y el futuro. Este periodo requiere una urgente revisión, para saber lo que realmente ocurrió y aprender de los fatales errores que empujaron a un masivo levantamiento armado campesino que le confiere el carácter de “guerra civil” a ese conflicto bélico. Se ha fabricado una falsa imagen, una densa e impenetrable cortina de humo, que hay que desmontar.

Traigamos a nuestra mente dos imágenes: una es la de un señor de la tercera edad, pelo blanco, de complexión fuerte aún, que todas las mañanas se viste como que va a salir, siempre de camisa mangas largas, pero que se mantendrá todo el día en la pequeña habitación que alquila luego de haber sido un rico y poderoso empresario somocista. Fue el organizador en Honduras del primer núcleo armado que se levantó contra la naciente Revolución Popular Sandinista. Su esposa y sus hijos se fueron a Miami y él vive casi abandonado desde hace muchos años en la Colonia del Periodista, pero su cabeza siempre está erguida y sus ojos tratan de ocultar su profunda tristeza. Para nada luce como un hombre derrotado. Es el español nacionalizado nicaragüense, Pedro Ortega Macho.

La otra imagen es la del gringo de más de 40 años, chelote, alto y fortachón, Eugene Hasenfus, jalado con mecate por José Fernández Canales, joven de 19 años del Servicio Militar, moreno, rasgos indígenas y bajito. Es una foto publicada en el diario Barricada a casi todo lo alto y ancho de su primera página el 8 de octubre del año 1986, después que Fernández y Byron Montiel derribaron un avión de abastecimiento C-123K que traía armas a la contra. Fue tomada por Carlos Durán y le dio varias vueltas al mundo.

La modesta contra de exguardias de Somoza fundada por Pedro Ortega Macho, saltó de nivel cuando a Honduras  llegaron los militares argentinos a entrenarlos, y más cuando se hizo cargo el gobierno norteamericano y la CIA, pero poco a poco, en un proceso de varios años, la mayoría de los oficiales de la derrotada Guardia Nacional fue sustituida por los medianos finqueros sumados a la contrarrevolución.

Luego del originario alzamiento de Pedro Joaquín González (Dimas), algunos finqueros que tomaron las armas fueron: los hermanos Encarnación y Francisco Valdivia Chavarría (Tigrillo y Dimas Tigrillo), Óscar Sobalvarro (Rubén), Israel Galeano (Franklyn), Danilo Galeano Roa (Tiro al Blanco), Tirso Moreno Aguilar (Rigoberto) y muchos más. Y con ellos, una inagotable cantera de combatientes del campo.

Estos finqueros lograron organizar un ejército campesino de unos veinte mil hombres, mujeres y niños. Entre los años 1985 y 1986 se convirtieron en mayoría en el Consejo de Comandantes Regionales. En marzo de 1988, unos cincuenta campesinos comandantes de línea  promovieron la remoción de Enrique Bermúdez y un mes después la Comandancia General del Ejército de la Resistencia Nicaragüense fue asumida por una Junta de Comandantes Regionales, casi todos medianos productores.

Fue una guerra civil porque enfrentó militarmente a dos grupos de ciudadanos de nuestro país con saldo de decenas de miles de muertos y heridos y cuantiosa destrucción material. Lo importante es saber ¿por qué los campesinos se alzaron en armas contra la Revolución, proceso social del que supuestamente eran aliados estratégicos? Y al mismo tiempo fue guerra de intervención sobre todo por el soporte de Estados Unidos a la contra. Otro componente fue el respaldo de la Unión Soviética y sus satélites al gobierno del FSLN. Es decir, el conflicto de Nicaragua también estuvo entre las patas de los grandes caballos al inscribirse en el pleito Este-Oeste.

Las causas y el carácter de la guerra de los años ochenta deben ser estudiados y no ocultados. Lo peor de todo es que algunas de sus motivaciones, como el autoritarismo y la intolerancia, son rasgos presentes de una manera acentuada en el actual régimen.

El autor es periodista.

Opinión Nicaragua archivo
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