El 70 por ciento de la actual población mundial pertenece a una religión, sea esta monoteísta, politeísta, con o sin divinidad, con profetas o sin ellos. Sus creencias valoran el derecho a la vida y el respeto a la dignidad humana; ponderan el servicio, el accionar correcto y la búsqueda de lo puro; respetan los bienes de los demás; aman la naturaleza; buscan la felicidad y se pronuncian enérgicos ante injusticias e inequidades. Entonces, ¿por qué vivimos en un mundo deshumanizado, ajeno a principios éticos y valores morales, cuando sabemos que carecer de ellos nos desprotege, aleja de los seres humanos y nos convierte en personajes fríos, materialistas, egoístas, soberbios, indiferentes a lo que pasa con nuestro prójimo?
Las religiones con mayor número de feligreses son: cristianos, 2,100 millones; islam, 1,300 millones; hinduismo, 870 millones; tradicional china, 405 millones, en total: 4,675 millones, cerca del 61 por ciento de la población mundial. En los distintos países hay comunidades, grupos religiosos, organizaciones de beneficencia, asociación de voluntarios, que dedican sus vidas a servir y auxiliar a los más desprotegidos; su compromiso tiene la virtud de entrega incondicional y permanente. Son personas que asisten a sus congéneres cuando hay terremotos, inundaciones, epidemias, y otras catástrofes. Lo complejo de comprender son las razones que nos motivan a construir con diligencia un mundo con violencia descarnada, odio sin fronteras, fustigando a marginados, emigrantes, mujeres, niños, adolescentes y ancianos, en fin, un comportamiento sistémico corrupto, aunque socialmente operando, humanamente pulverizado.
Algunos posibles detonantes en Nicaragua: cuando se instaura el terror y el miedo en la comunidad, cada individuo se desprende de algo muy preciado, como es ejercer y reclamar sus derechos constitucionales; el abuso sistemático y arbitrario de las autoridades, incluido el incumplimiento de las leyes y la ausencia de transparencia; la pobreza y la desesperanza de algún día sucumbir en tal estado; la coacción a la libre expresión; la dependencia para tratar alegrías y penas con el consumo de alcohol, drogas, juegos, sexo; el desamparo a los sectores de salud y educación, a quienes el Gobierno les asigna presupuestos miserables: salud US$0.18 diarios por habitante, educación US$0.81 diarios por alumno, los más bajos de la región, resultando que los sistemas y centros de salud pública y educación son precarios, los médicos y docentes están muy mal pagados, y se carece de profesionales de alta calidad humana, científica, técnica. En distintos ambientes de la comunidad se considera que las normas morales son un obstáculo a la felicidad del individuo.
Para los católicos es manifiesta con frecuencia la misericordia de Dios, el inmenso amor a sus hijos, y su justicia, expresadas en su actuar compasivo. La maldad humana es sancionada una y otra vez, pero la misericordia de Dios prevalece y nos da una nueva oportunidad salvadora. Algunos ejemplos están en el primer libro del Antiguo Testamento: El Génesis. Estando en el Edén, Adán y Eva incumplieron al Señor al comer la fruta del Árbol del Conocimiento. Quizá querían ser como dioses; su primogénito Caín mató por envidia y odio, a su hermano Abel. La destrucción de Sodoma. El Diluvio Universal. Al construirse la Torre de Babel las personas se dispersaron por el mundo, hablando diferentes lenguas.
Hoy, una vez más, la mezquindad humana la manifestamos al dejar fuera de nuestra conducta el respeto a la dignidad humana y la práctica de la ética como principios fundamentales en lo social, político, económico y ambiental. Pareciera que en nuestro diario vivir lo humano y lo ético no tienen espacio. No es de asombrarnos que ese espacio haya sido capturado por la evolución del individuo, la ciencia, la alta tecnología, los productos “inteligentes”, el mundo sideral, la robótica, los drones, las excentricidades, modas y extravagancias, que, acompañados por la codicia, la sed por recursos financieros y el poder, son la vanguardia hegemónica de la actual sociedad y la ruta de nuestra autodestrucción.
Hace 60 años en Managua las puertas de las casas se mantenían abiertas, y si en la casa faltaba azúcar, café, arroz o frijoles se mandaba a prestar al vecino, o a fiar a la venta; los niños podían jugar a su antojo en las calles o elevaban barriletes en la explanada. Circulaban coches y carretones, y la carrera en los pocos taxis gatos valía C$1.00. La vida era simple y sana. Hoy la situación es contrastante y sensible. En 2016 hubo 49 femicidios; el último año 1.577 niñas menores de 14 años fueron embarazadas: 7 de cada 10 niñas y adolescentes viven en hogares pobres, sufriendo ellas agresiones de su círculo más cercano; en los dos primeros meses de 2017 hay un promedio de dos muertos diarios por accidentes de tránsito. Según ONUDD, aunque las tasas de homicidio en el país son menores al resto de Centroamérica (salvo Costa Rica), están en rango epidémico.
Nuestra cultura ha eliminado cualquier valor trascendente y exagera lo material y terreno. Se antepone el tener al ser. Los ídolos del dinero y el poder dejan a un lado a Dios y a la sensibilidad de servir a los demás. (Boletín Arquidiocesano, 26-2-17). ¿Es posible transformar el mundo donde nuestras actitudes se conviertan en actos de amor, donde eliminemos el odio, el rencor y la venganza, en donde nuestro actuar bondadoso se extienda también a nuestros enemigos, los que nos persiguen y calumnian? (Boletín Arquidiocesano, 19-2-17)
El autor es contador.