Hace unos días, en horas de la mañana, mi carro se encontraba estacionado frente a la casa donde resido cuando de repente un despistado motociclista se estrelló en la parte trasera del vehículo. El daño material fue leve, por lo que después de una pequeña negociación se llegó a un acuerdo monetario para resarcir el mal ocasionado.
Alegando que en ese momento no tenía la cantidad pactada, pidió le permitiera ir a un cajero automático a sacar el dinero y como garantía de que volvería dejó su cartera conteniendo la circulación de la moto, seguro, cédula de identidad y tarjetas de crédito. Lo dejé ir.
Al poco tiempo regresó, pero con una cantidad menor a la acordada. Esta vez pidió que aceptara la parte conseguida y me dijo: te doy mi palabra de honor y de hombre que en el transcurso del día vengo a dejarte el resto. Confiando en que a la primera había regresado, creí en su palabra, accedí a su propuesta y le entregué su cartera. Es la fecha y todavía no regresa.
Este suceso me llevó a reflexionar sobre cómo se ha perdido el valor de la palabra en la sociedad actual.
Cuentan mis septuagenarios padres que medio siglo atrás la palabra era el sello de garantía para la realización de un trato entre los particulares y había quienes incluso perdían en sus negocios por cumplir la palabra de vender a un promitente comprador, aun cuando aparecía un segundo que superaba el precio acordado con el primero.
Hoy en día, muy poco se respeta la palabra empeñada en un asunto y su valor se ha desprestigiado grandemente. El ejemplo más evidente de esta afirmación son las deudas, casi nadie paga en la fecha que promete hacerlo. Es común en el trabajo, el hogar, el vecindario la expresión desesperada préstame mañana sin falta te pago y el mañana se vuelve eterno.
El firmar me harás, pagar jamás, parece ser el lema de muchos sujetos que se han vuelto expertos en justificaciones y maniobras evasivas. Se miente por cualquier cosa y a veces sin necesidad como si no importara ser llamado sinvergüenza.
Y ni hablar de los políticos que han pervertido el valor de la palabra con la sarta de promesas incumplidas.
Se nos ha prometido salir de la pobreza con canales interoceánicos, refinerías, centrales hidroeléctricas, puerto de aguas profundas en el Caribe, en fin, trabajo, paz y prosperidad, pero hasta hoy todo ha sido un engaño, una táctica electorera para mantener cautivo el voto popular.
Lamentablemente, en estos tiempos los ciudadanos honorables y de palabra son cada vez menos, debido a que se han perdido los valores morales, cívicos y religiosos que antaño cimentaban el actuar correcto de las personas.
Esta crisis de valores ha trastocado la conducta individual, por eso vemos cómo se ha arraigado en nuestra sociedad contemporánea la corrupción, el servilismo, el libertinaje, la indiferencia hacia el mal ajeno y el desprecio por la vida.
Para recomponer esta situación Nicaragua necesita adoptar como política pública la educación en valores y darle el lugar prioritario que se merece, de modo que en los hogares y las escuelas del país se vuelva a construir hombres y mujeres que honren su palabra, enseñando a las nuevas generaciones a ser corteses, respetuosos, disciplinados, tolerantes, solidarios y honestos.
Un pueblo sin valores es templo de seres sin decoro, por tanto, recuperar y poner en práctica los valores esenciales para la buena convivencia humana ha de ser una tarea impostergable para enderezar el rumbo de nuestra turbulenta y erosionada sociedad. Solo así abundará como antes la gente de palabra.
El autor es abogado y Notario Público.