El predeterminado fenómeno taquillero del año ha aterrizado en nuestras pantallas. Debo confesar que desde que se anunció la producción de Rogue One como filme “único e independiente” dentro del universo de La Guerra de las Galaxias, decidí evitar leer cualquier tipo de cobertura sobre el proyecto. Quería sorprenderme. Más allá de la identidad de algunos actores, no sabía qué esperar. O más bien, esperaba encontrar novedad. Digamos que al final, el factor sorpresa operó en mi contra.
En un hermoso planeta volcánico, la idílica vida de granjero de Galen Erso (Mads Mikkelsen) queda interrumpida por una visita inesperada. El general imperial Krennic (Ben Mendelsohn) llega para reclutarlo. El estoico agricultor es en realidad un brillante ingeniero, único capaz de construir la Estrella de la Muerte, arma capaz de extinguir planetas enteros e indispensable para acabar con la rebelión. Su esposa es ejecutada, pero su pequeña hija, Jyn, logra ocultarse y sobrevivir. Es rescatada por el extremista Saw Guerrera (Forest Whitaker). La próxima vez que la vemos, es una adulta (interpretada por Felicity Jones). Jyn se ha convertido en una rebelde sin causa. Es reclutada por la resistencia para rastrear a su padre. Pero la verdadera agenda de los rebeldes no implica necesariamente reunir a la familia.

Poco a poco, queda claro que Rogue One no es una historia independiente escenificada en el “universo” de Star Wars. Es una pieza crucial de la historia que conocemos. Los eventos tienen lugar entre Episodio III – La Venganza del Sith (2005) y Episodio IV: Una Nueva Esperanza. El apellido de Una historia de la Guerra de las Galaxias, y los amagos de venderla como una entrega independiente, parecen más bien una respuesta a un problema de nomenclatura: no podían nombrarla Episodio III – segunda parte. La trama depende de la mitología establecida. La familiaridad nos hace sentir que de alguna manera ya hemos visto esto antes. La dependencia del pasado y los hilos narrativos establecidos empujan a los realizadores a ejecutar truculencias que van en detrimento de la “realidad” del filme. El actor británico Peter Cushing, fallecido en 1994, es resucitado vía animación digital para volver a encarnar al despiadado militar Grand Moff Tarkin. La novedad me sacó del filme, y puso en alto relieve la artificialidad de la maniobra. Claro, eso no molestará necesariamente a los amantes de la obra de Lucas.
Rogue One puede ser más de lo mismo, pero al menos, tiene un hermoso acabado. El director Gareth Edwards (Godzilla) es hábil a la hora de crear mundos y personajes interesantes. La pandilla de rebeldes que Jyn ensambla a su alrededor tiene una dinámica chispeante. Lo mejor de la nueva etapa de Star Wars es que ha logrado convertirse en genuino espejo del mundo que habitamos: es racialmente diverso y las mujeres pueden ejercer posiciones de poder con la misma autoridad que un hombre. Las estrellas chinas Donnie Yen y Wen Jiang se roban cada una de sus escenas. Alan Tudyk da voz a K-2SO, un androide que hace gala de profundo cinismo. Menos afortunados son Ben Mendelsohn, cuya oscuridad se ve diluida bajo los disfraces imperiales —véalo en la serie de Netflix Bloodline, para admirar su capacidad para el mal. Diego Luna no puede imprimir personalidad propia en una especie de híbrido de Luke Skywalker y Han Solo.
Lo mejor de la película es su tercio final. Entre los férreos límites de la mitología, encuentra espacio para escenificar un visceral drama de guerra, con una vena nihilista. Es un atisbo de lo que pudo haber sido una “Guerra de las Galaxias” mortalmente seria.
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