Leí en la sección política de LA PRENSA, del sábado 26 de noviembre, el siguiente párrafo al cierre de una nota informativa: “CxL están siendo criticados por analistas, como José Antonio Peraza, por solicitar la personería al Consejo Supremo Electoral (CSE), antes del arribo de Luis Almagro”. (CxL es una abreviación perezosa y antojadiza de Ciudadanos por la Libertad).
Frase lapidaria que desde el Olimpo de los “analistas políticos” entierra, al parecer por repetidas ocasiones, a quienes optan por participar en la política, derecho elemental consagrado en nuestra Constitución, con todas sus imperfecciones y reformas, para lo cual es necesario organizarse en un partido político.
Es muy cómodo sentarse en el asiento de los “analistas” y no hacer nada por cambiar las cosas más que criticar a quienes lo hacen, ya sea desde las páginas de un diario o desde las cámaras de un programa de opinión televisivo.
La culpa siempre la tendrán los políticos: nosotros no, dicen ellos. Somos impolutos porque no nos mezclamos en eso, sin embargo, sí tenemos la capacidad para analizar lo mal que lo hacen los políticos.
Mejor que lo hagan hasta que venga Almagro… vamos a ver qué nos dice, por dónde va la pelota. Otros estrategas dicen “analizando” a Ciudadanos por la Libertad: “Si piden la personería jurídica es porque ya han pactado con Ortega”. Una canallada política, máxime que hay políticos que están esperando la personería jurídica para cuando soplen mejores vientos.
¿Con qué legitimidad vamos a seguir solicitando a la comunidad internacional que se nos restituya el derecho a la participación política, si voluntariamente renunciamos a ella? La verdad es que todos deberíamos de involucrarnos en la política, en “la cosa pública”, tal como lo hacen ejemplarmente y masivamente los venezolanos, que no se quedan sentados esperando a ver qué va a decir Almagro, ni criticando a los que se meten en la política, desde la comodidad de una computadora, las sillas reclinables de un programa televisivo, o en las redes sociales desde la intimidad de su celular.
Si pueden hacer las cosas mejor que lo hemos hecho nosotros, quienes hemos asumido nuestra responsabilidad ciudadana, pues que se metan a la política. No hay camino más corto que el de involucrarse.
Participé en política la primera vez el 15 de diciembre 1974, cuando a la edad de 23 años me afilié a la Unión Democrática de Liberación (UDEL), alianza cívica y popular pluralista que mi padre amalgamó para derrocar a la dictadura somocista por la vía cívica.
Confieso que fui inducido y motivado por mi padre en mi responsabilidad ciudadana y por el legado histórico de mis antepasados Chamorro, de los cuales él se sentía sumamente orgulloso y a menudo me hablaba de su gesta.
La primera vez que hablé en público fue para mí una escalofriante sorpresa. Debe de haber sido a mediados de 1976, cuando acompañaba a mi padre a una reunión política de UDEL en un restaurante campestre ubicado a la entrada a Masaya, cerca del Restaurante Tip Top original. De pronto, durante la reunión y sin anticiparme nada, él me pidió que hablara en representación de la juventud.
“La culpa —dice el proverbio que cita diariamente la Radio Corporación en la ronca y sonora voz de don Fabio Gadea— no es de los que se equivocan, sino de los ausentes”. Lo mejor que pueden hacer los “analistas” para señalarnos el camino, y otros que incluso evacuan sus opiniones críticas desde la comodidad del anonimato, es predicar con el ejemplo.
El campo está libre para todos los analistas y aspirantes a políticos y sobre todo los jóvenes, máxime después de la recién pasada farsa electoral que el país ha quedado desprovisto de nuevos liderazgos: quizás los seguiremos y serán nuestros líderes. Quizás un día tendremos la opción de votar por uno de ellos.
Mientras tanto, que no nos vengan a poner camisas de fuerza, o como lo han hecho algunos, a denigrar porque un grupo de ciudadanos decide organizarse y participar en política, para cambiar las cosas por la única vía posible que existe que es la vía cívica.
El autor es periodista y exdiputado PLI arbitrariamente destituido.