Efectos de las pantallas
Gonzalo Cardenal M.

La Virgen María I

Les escribo de nuevo sobre la Virgen “de los católicos” en atención a insistentes sugerencias de muchos lectores católicos amigos y discrepancias —también insistentes— hacia nuestra manera de pensar sobre ella de evangélicos, muchos de ellos también amigos.

Cuando yo era pequeño, para mí los protestantes eran el demonio, y una vez  —con otros amigos y primos— hasta le tiré piedras a la casa de unos niños vecinos evangélicos.

No obstante, en mi juventud, mi concepción hacia ellos cambió radicalmente. Se habían  ganado mi admiración. En su inmensa mayoría eran honrados, conocían algo de la Biblia, no bebían guaro, no fumaban, y ni siquiera bailaban nuestras canciones eróticas.

Pero ahora que los últimos papas se han declarado abiertamente ecuménicos, y muchísimos católicos ya ven con agrado ese movimiento, ellos —los evangélicos de América Latina— son los que nos tiran piedras. Ya no como las mías, pero piedras de condena y rechazo, por su animadversión mariana, acusándonos de idólatras. No se han atrevido a atacar abierta y públicamente al ecumenismo, pero pareciera que en lo privado sienten horror por la tendencia de sus líderes mundiales hacia la unión con los católicos, e inclusive también hacia la unión con los otros protestantes. Se sienten amenazados en su seguridad sectaria y en sus éxitos proselitistas basados frecuentemente en un recalcitrante anticatolicismo.

Yo sostengo que la Biblia no debía ser para discutir sino para edificar, (2 Tim. 2, 23-24), pero creo que no se puede dar gloria plena a Dios quitándole honra a María, pues la honra de María es la gloria de Dios, ¡es su madre! ¡María no está muerta! vive junto a su Hijo y junto al Padre. Amemos a María y ella nos llevará al Jesús que todos buscamos. Ella lo conoce mejor que nadie: lo llevó en su vientre, lo alimentó, lo cuidó, y lo acompañó junto a la cruz. Nadie conoce más a Jesús que María.

Les dedico, pues, a todos ellos estas líneas, no para polemizar, sino para que católicos y evangélicos conozcamos mejor, basados en las Escrituras, por qué la veneramos (no adoramos), por qué la amamos como nuestra madre y la honramos como nuestra reina.

¿Quién es la Virgen María según la Biblia? María es aquella mujer, elegida por Dios “entre todas las mujeres” (Lucas 1,28), y “llena de gracia” (Lucas 1, 28) para una misión única e irrepetible: el Espíritu Santo “vino sobre Ella” y el poder de Dios la “cubrió con su sombra” (Lc. 1, 35), de modo que, siendo virgen (Lc.  1, 27.34), engendró un hijo en sus entrañas, “llamado Hijo de Dios” (Lc. 1, 35). Si por Eva entró el pecado en el mundo, ahora, por medio de la fe, la obediencia y el amor de María, nos ha llegado Cristo, nuestra salvación.

¿Por qué la llamamos madre de Dios? En el evangelio de San Lucas 1, 39-45, Isabel llena del Espíritu Santo dijo: “Qué favor que la Madre de mi Señor venga a mí”. La palabra griega para definir Señor que utiliza Isabel es “Kurios” que es la misma que se utiliza en la versión griega del Antiguo Testamento para traducir “Adonai”. Cuando una persona habla bajo la unción del Espíritu Santo es Él quien habla, luego fue el mismo Espíritu quien llama a María, Madre de Dios.

Escribiendo esta reflexión vi que me era imposible abordar todo el tema de la Virgen en una entrega, por más extractado que lo hiciera, por lo que tendré que —con el perdón de ustedes—  continuarlo en una segunda entrega el próximo sábado. Hasta entonces pues.

El autor es miembro del Consejo de coordinadores de la Ciudad de Dios.
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