El domingo 6 de noviembre fue para mí un día feliz. Algunos lo han llamado día de luto, pero yo no pude evitar alegrarme. Porque fue una manifestación de repudio a la farsa electoral, mucho mayor de la que yo jamás había esperado.
No daba crédito a mis ojos cuando desde temprano comencé a recorrer muchas urnas, incluyendo algunas que supervisé para el PLI en las elecciones de 2011. Entonces reventaban de gente, ahora estaban vacías. Viendo el espectáculo me pregunté si no sería Ortega bastante menos popular de cómo lo pintan. Pues con las encuestas de M&R y las cifras del Consejo Supremo Electoral (CSE) uno pensaría que se trata del presidente más popular de nuestra historia. ¿Qué tan cierto o falso es?
Contestarlo no es fácil cuando no se pueden auditar las impenetrables entrañas del CSE. Pero hay formas indirectas de averiguarlo. La primera es la negativa de Ortega a permitir observadores. A un político seguro de su popularidad jamás se le hubiera ocurrido prohibirlos. Imaginemos que tras las elecciones el Centro Carter, la OEA, y observadores de la Unión Europea, hubiesen testimoniado que Ortega ganó con el 72.5 por ciento de los votos. ¿No se hubiese bañado de gloria y cerrado la boca a quienes cuestionan su legitimidad?
Lo anterior es elocuente pero no permite estimar su verdadero respaldo. Sí puede ayudar, en cambio, esta elección. El primer paso es estimar la abstención. La cifra preelectoral del universo de votantes era 4,990,020 personas. El CSE llamó a este “patrón pasivo” y, de un plumazo, lo bajó a 3,800,000 (“patrón activo”), restándole así casi 1,200,000 ciudadanos. Razón: porque no votaron en la pasada elección, o por presumirlos muertos o en otros domicilios. Pero la verdad es que no votar no le quita a nadie la ciudadanía y que no han muerto recientemente un millón de nicas. No hay más que un patrón y este debería ser muy cercano a 4,800,000. Usándolo de referencia los 2,500,000 que dice el CSE que votaron representarían el 52 por ciento del patrón y los supuestos 1,791,503 votos de Ortega, el 37.3.
¿Pero será cierto que votó esa cantidad, superior, dicho sea de paso, a la que botó en 2011? Dos factores lo hacen sumamente improbable: uno es que entonces, a diferencia de hoy, las urnas estaban atestadas. Otra razón fue lo observado por Panorama Electoral y organizaciones civiles que movilizaron a centenares de activistas para monitorear la asistencia. De acuerdo con ellos los votantes por urna fue ligeramente superior a los 40 en las urbanas y 25 en las rurales. Pero asumamos que votó el doble parejo: 80 en cada una. Multiplicando este cálculo generoso por las 14,552 urnas escrutadas, nos daría un total de 1,162,160 votantes. Estos representarían el 24.2 del patrón preelectoral y el 30.5 del inventado por el CSE.
¿Qué decir de los votos de Ortega? Asumiendo que fueron el 72.5, nos daría 842,566 votos, cifra asombrosamente similar a los 840,816 que obtuvo en las elecciones de 2006 y que representaron el 38 por ciento del electorado.
Concluyendo: el CSE volvió a mentir y a manipular. A pesar de las láminas de zinc, chanchitos, gallinas y parques embellecidos, la popularidad de Ortega no ha superado mucho sus promedios históricos. El grueso de la población sigue pobre como antes y menos feliz de lo que dicen. Muchos de sus votantes son también empleados públicos bajo presión. Ortega lo sabe: en comicios verdaderamente libres no ganaría contra una oposición unida. Difícil por tanto que los conceda.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
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