La victoria de Donald Trump en los Estados Unidos (EE. UU.) es un giro de ciento ochenta grados que nos afecta a todos. El mundo cambió en una noche y la decisión de un pueblo que expresó libremente su voluntad va a tener grandes repercusiones. Llega a la Casa Blanca un hombre que nunca ha sido político, que no tiene experiencia, que no contó con su propio partido que unificado lo respaldase. Un hombre, que con un lenguaje grotesco insultó a muchas comunidades, con menos dinero que su contrincante la logra vencer, que luchó en contra del establishment y en contra de la lógica, y logra llega a ser presidente.
Muchos nos equivocamos, en lo particular nunca pensé que esto llegara a suceder y mi pensamiento lo respaldaban las encuestas, los analistas internacionales, la gran prensa, las interpretaciones de los politólogos, etc. Todos fallamos. Una rabia silenciosa diría yo predominó en el votante. Se castigó a ese gobierno que desde Washington ha dejado en abandono al americano clase media baja que ve que cada día su modo de vida decae y Trump tuvo la habilidad de interpretar esos sentimientos, dándole voz, dándole cuerpo, dándole vida.
Son muchas las repercusiones, y son muchas las consecuencias. Temor, miedo, ansiedad, hay un mundo de sentimientos que invaden los ambientes. El resultado tiene mucho que ver con el mundo en que nos toca vivir. Un mundo globalizado, interconectado, en donde ahora es posible que un solo hombre con un teléfono de última generación pueda desafiar a todo una maquinaria de partido. Un mundo en donde a través de una fotografía digital, rompe cualquier esquema o cualquier paradigma.
En los próximos días se verán nuevos acontecimientos, nuevas caras, un nuevo gabinete y un nuevo estilo de dirigir los destinos del país más poderoso del planeta. Algo muy profundo ha ocurrido ojalá sea para el bien.
Hasta ahora los he acompañado en este caminar, hoy me toca despedirme. Por varios meses compartí con ustedes mi conocimiento, mi entusiasmo, mi manera de ver la realidad. Me equivoqué en muchas de mis apreciaciones, lo reconozco, pero traté de dar lo mejor que tengo, compartiendo mi conocimiento, amor y admiración por el pueblo de los EE. UU. con ustedes.
Agradezco al editor de esta página, don Luis Sánchez Sancho, la oportunidad que me dio y su apoyo; a los lectores que muchas veces me los encontré en diferentes partes del país y con mucha alegría me decían: “Lo leo”. Siempre que eso ocurrió, me sentí recompensado.
Profundamente preocupado me despido de ustedes, sé que la elección nos deja a un país totalmente dividido, crispado por un radicalismo que ha venido tomando fuerza y que quién sabe hasta dónde va a llegar. La elección nos enseñó el lado feo, nos descubrió las entrañas de la pasadía, nos volvió a revivir la segregación, la supremacía de clases y de razas, y sobre todo una profunda soberbia.
Pero al mismo tiempo creo en las instituciones de ese país, en su fuerza y en su vigorosidad. Creo que hoy más que nunca el gran invento de los padres fundadores de crear un sistema de pesos y contrapesos va a entrar en acción. Indudablemente el mensaje es muy claro, porque lo bueno de las elecciones cuando estas se respetan, es saber interpretar ese mensaje, y lo que el pueblo norteamericano expresó en la pasada elección es que quiere un cambio, un cambio radical que esté centrado más que nunca en ellos mismos y eso hay que respetarlo, por eso nos llamamos demócratas.
El autor es abogado.