Ortega siempre ha sabido que si quiere gobernar como dictador, tarde o temprano enfrentará crisis. En cada crisis, Ortega podrá recurrir a maniobras, represión o ambas para superarlas. Desde antes del Nica Act, sabe que el próximo año iniciará su primera gran crisis económica y con ello el incremento de protestas sociales. Para enfrentarla, entre otras cosas organizó planes para evitar que voces políticas opositoras desde la Asamblea Nacional pudieran denunciar la represión o capitalizar el descontento que él provoca.
La cosa se le complica con la reacción inmediata, radical y monolítica del proyecto Nica Act. Su aliado principal, el Cosep, lo presiona porque posiblemente traerá efectos en inversión y exportaciones aún antes de convertirse en ley. Ortega, quien negocia alrededor de prebendas y cuotas de poder, querrá “maniobrar” para reducir al menos la crisis política, para lo cual necesita “dar forma” a un interlocutor nacional que le produzca la mayor legitimidad posible, cediendo el mínimo de poder.
Sean uno o diez los representantes de la oposición, debería negociar fundamentándose en principios y objetivos macro para derivar luego en procedimientos y acciones específicas. El principio fundamental para iniciar una negociación política es restaurar la garantía de que cada ciudadano pueda votar y que su voto se conozca y se cuente correctamente. Aceptar cuotas dentro del Consejo Supremo Electoral (CSE) no servirá de nada si no alcanzan a garantizar este derecho. Luego, más allá que Ortega individualmente pudiera ganar la presidencia, la oposición debería negarse a reconocer una Asamblea ficticia con una incuantificable cantidad de diputados espurios que resultarán de esta farsa electoral y cuyas leyes serán como una escritura firmada y sellada por un falso abogado. Esta maraña la provocó Daniel y la oposición debería exigirle una solución.
Volviendo al interlocutor nacional, Ortega lo aceptará en la medida que sea un aliado disfrazado o tendrá que “darle forma” mediante chantajes, amenazas o “persuasión”. Líderes y candidatos de los actuales partidos en contienda electoral no le sirven por el momento, pues si tuvieran un mínimo de credibilidad no hubiera sido tan estrepitosa la condena mundial por la exclusión de Montealegre como único opositor creíble. La mejor opción para legitimarse sería arreglarse con el mismo Montealegre, pero antes debía “darle forma”. ¿Por qué? Porque después de las dudas y suspicacias que provocó Eduardo con su participación electoral en 2006, ha venido constituyéndose junto con diputados, alcaldes y aliados del fenecido PLI, como verdadera oposición al no ceder a las presiones ni estar dispuesto a pactar cuotas de poder para volverse un zancudo más. Su participación electoral en 2016 legitimaba en cierta medida el corrupto sistema electoral, pero la población opositora confiaba que su alianza política identificaría y denunciaría nuevamente los actos fraudulentos. Sin embargo, no deja de ser preocupante la expulsión del MRS y PAC, la posposición de su juicio y su retiro momentáneo de la política.
La verdadera oposición no debe someterse a los chantajes de Ortega para negociar con una pistola en la cien. Tampoco puede asumir un rol de inferioridad en las negociaciones, aceptando su popularidad en las encuestas mientras no se realicen elecciones justas y transparentes que nos convenza de eso. El poder resultante de amenazas, sobornos y fraudes no legitiman a nadie. La oposición unida debe exigir justicia y democracia. Aceptar menos significa ceder al juego de administrar crisis cíclicas indefinidamente. Si Ortega se niega dictatorialmente, que asuma el costo.
Ortega podría recurrir a un plan B: asignar un millón de votos a los partidos “opositores” para vender la idea que el pueblo los “reconoce” como representantes legítimos. Como ya sabemos por confesión de Pedro Reyes, las diputaciones opositoras están infiltradas. Sería una negociación entre Daniel y los Danielitos de la Asamblea. Nadie reconocerá esto y Ortega será un dictador más ilegítimo que nunca. No cedan, negocien un mejor futuro, no un engañoso presente. Nicaragua merece la oportunidad de algo mejor y dos millones de nicaragüenses estaremos vigilantes.
El autor es Administrador de Empresas.