A pesar de los prodigios que relaté en mi artículo pasado, realizados por Dios y que continua efectuando en medio de nosotros, lamentablemente muchos ven con desdén a los que creemos en esos dones espirituales reactivados por Dios (en su manera de alabarlo, en sus prodigios y milagros, en sus profecías y expulsión de demonios) llamándonos despectivamente en esta era de la razón como “milagreros”.
Muchos creen firmemente en todos los conceptos doctrinales revelados en la Biblia, pero inexplicablemente prescinden de lo carismático. Y yo me pregunto: ¿cómo pueden entonces creer en la Biblia, tan repleta de los milagros de Dios realizados directamente por Jesús o por las personas que Dios ha facultando desde el Génesis hasta el Apocalipsis?
¿Acaso no es un tremendo milagro la creación del universo y del hombre mismo, en el que para ello se requirieron millones de millones de casualidades imposibles de coincidir espontáneamente? Citaré los milagros más espectaculares que recuerdo de la Biblia: la separación de las aguas del Mar Rojo y demás milagros de Moisés; el maná y otros prodigios en el desierto; la caída de los muros de Jericó y toda la conquista de Israel; los Macabeos; los profetas; Daniel entre los leones; la encarnación de Jesús en una virgen (virgen antes, durante y después del parto); todos sus milagros, incluyendo resurrecciones, multiplicación de alimentos; conversión del agua en vino; caminar sobre las aguas; y exorcismos; su resurrección de entre los muertos; las transformaciones y milagros de los apóstoles; etcétera.
Pero para que no crean que mi defensa de esta renovación del Espíritu Santo es exageración mía, les copio literalmente algunos párrafos del eminente escritor de libros teológicos: el Provincial de la orden Salesiana y sacerdote Hugo Estrada. Dice el padre Estrada en su libro Los Dones del Espíritu Santo lo siguiente:
“La Iglesia sufre penurias estando sentada sobre una mina de oro: los dones del Espíritu Santo. El poder que Jesús le dejó para realizar su misión. En muchos sectores de nuestra Iglesia hay ignorancia sobre estos carismas espirituales. También entre algunos eclesiásticos. Parece que les tuvieran miedo a algunos carismas. Y todo porque se desconocen o se les enfoca de forma equivocada. No han profundizado en el incalculable valor de cada don que el Espíritu regala a la Iglesia”.
“Una Iglesia sin el poder del Espíritu es una Iglesia no equipada para una evangelización eficaz y para enfrentarse a los poderes malignos que quieren destruirla”.
“La Iglesia de Jesús solo puede ser carismática, es decir, equipada con los carismas del Espíritu Santo. De otra suerte, no podrá cumplir la misión del Señor. Sin los dones del Espíritu la Iglesia tiene las manos atadas…”
Y el propio papa Francisco en su misa del 14 de este abril animó a los fieles a ser dóciles al Espíritu Santo y a orar pidiendo su orientación. Dijo textualmente: “En días pasados, la Iglesia nos presentó el drama de la resistencia al Espíritu: los corazones cerrados, duros, necios, que resisten al Espíritu. Veían las cosas… pero se quedaron cerrados a estos signos y opusieron resistencia al Espíritu, justificando su resistencia con una fidelidad a la letra de la ley”. Sin embargo, “hoy, la Iglesia nos presenta lo contrario: la docilidad al Espíritu, que es precisamente la actitud del cristiano, permitiéndole al Espíritu que pueda actuar, impulsar y hacer crecer a la Iglesia”. Así sea.
EL AUTOR ES MIEMBRO DEL CONSEJO DE COORDINADORES DE LA CIUDAD DE DIOS.
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