Evangelizando, templos
Gonzalo Cardenal M.

¿Un nuevo pentecostés? (I entrega)

Desde hace un par de siglos, cada vez más personas han venido cuestionando la existencia de Dios: “Si existe —se preguntan— ¿por qué no se manifiesta?” “¿Por qué no ejerce su poder para que creamos?” Como aquel: “Bájate de la cruz y sálvate a vos mismo para que creamos en vos”. Pero no obstante nuestra arrogancia, creo que eso fue lo que precisamente hizo Dios en los años setenta en todo occidente. Aunque a pesar de un despliegue de poder nunca visto, muchos siguieron sin creer, o rechazando esas manifestaciones.

Durante los años 1974 y 1975 fuimos testigos del bautismo en el Espíritu de miles de personas. Creímos entonces —y lo seguimos creyendo— que detrás de esa efusión del Espíritu de Dios, sin precedente en muchos siglos, había un propósito muy grande, que algo inmenso se traía Dios entre manos y algo terrible de proporciones universales tenía que estarse cocinando para que juzgara necesaria semejante efusión.

Pero muchos no entendieron, o no se preguntaron nunca cuál sería el propósito de Dios en este Nuevo Pentecostés. Algunos lo utilizaron para su propia diversión. Otros para su propio beneficio. Otros para beneficio de su obra, de su parroquia, y a algunos el demonio les arrebató lo que habían recibido haciéndoles creer que habían tenido una experiencia emocional, no obstante haber proclamado el papa Juan XXIII como una preparación (para ser rezada en todas las misas) la siguiente oración: “Dígnese el divino Espíritu escuchar la alegría que asciende desde los rincones de la tierra: Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés; y concede que la Iglesia Santa, reunida en unánime e intensa plegaria en torno a María, madre de Jesús y bajo la dirección de Pedro, difunda el Reino del divino Salvador, que es el reino de verdad y de justicia, de amor y paz”.
Pero en la mayoría de los cristianos —incluyendo a algunos sacerdotes— esta renovación pasó ignorada. La consideraron incómoda y propia para los inicios del cristianismo primitivo, pero no para el siglo XX. Y no la incorporaron a la Iglesia toda como una efusión o corriente espiritual para todos, nada menos que del propio Espíritu Santo, regalo especial precisamente para la Iglesia, y para estos tiempos, quedando su dirección en algunos seglares de buena voluntad, que sin entender la magnitud y el propósito colosal de su objetivo lo convirtieron en el mundo entero en un movimiento espiritual seglar más.

Pero a pesar del escepticismo con que fue recibido, lo que el Señor hizo con su poder fue algo extraordinario: en un solo año y solo en Nicaragua cerca de 30,000 personas fueron evangelizadas. Muchos jóvenes dejaron la droga. Muchos matrimonios fueron salvados. Fuimos testigos de todo lo que nos prometió el Señor: Vimos resucitar muertos, caminar a los paralíticos, oír a los sordos, ver a los ciegos, y sanar todo género de enfermedades y vicios. Vimos los frutos del Espíritu en las personas; cómo iban siendo transformadas conforme al modo de ser de Cristo. Y vimos al Espíritu manifestándose en la forma de todos los carismas que presenta el Evangelio. (Para serles totalmente sincero, lo único que personalmente nunca vi fue la sanación de leprosos, a pesar de haber orado algunos de nosotros por ellos en varias ocasiones).
Cristo no se conforma con salvarnos, sino que quiere comunicarnos la totalidad de su poder (este pudiera ser otro tema de reflexión más adelante). Necesitamos de su poder para “hacer las mismas cosas que él y aún mayores”. Y para realizar su misión.

El autor es miembro del Consejo de Coordinadores de la Ciudad de Dios.
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