Una paz que no llega a los miskitos

La propaganda del  Gobierno nos recuerda a menudo que  vivimos en paz desde hace ya más de 25 años, el período de existencia  pacífica más prolongado en toda la historia política  de Nicaragua.

Pero esta  vida pacífica no   la disfrutan todos los nicaragüenses. No solo porque es una paz que no se basa en la justicia,  sino también,  porque tampoco como ausencia de violencia armada se puede  gozar  en el Caribe Norte del país, donde los colonos invasores han desatado  una auténtica guerra  contra los indígenas,  para despojarlos de sus tierras.

El hecho sangriento  más reciente  de  esa guerra,  que se     conoció ayer, es el de  que los dos   miskitos secuestrados hace dos  semanas por  colonos invasores de los territorios indígenas, fueron  atrozmente asesinados  y sus cuerpos mutilados descubiertos en la espesura de la selva. Gerardo Chale Allen, de 30 años de edad,  y Lenín Pedro Parista, de 28,  se llamaban los dos  miskitos  que   se han  sumado  a la  macabra lista de al menos tres decenas de  indígenas asesinados desde septiembre de 2015, cuando arreció la violencia en la Costa Caribe de Nicaragua.

El Estado, o mejor dicho  las personas que ejercen  la   autoridad civil y militar,  no cumplen su obligación de  salvaguardar la vida  de los indígenas y    garantizar la propiedad de   sus tierras que les pertenecen por derecho ancestral, constitucional y legal. Lottie Cunninghan, promotora de justicia y respeto a los derechos humanos en la Costa Caribe, ha denunciado al respecto que “falta voluntad política para resolver el problema (de la invasión de los territorios indígenas y la usurpación de sus tierras) y el Estado actúa como cómplice; porque si el Estado omite su responsabilidad y su compromiso, nosotros los valoramos como cómplices, porque ellos están mandando a la gente a tomar las tierras indígenas”.

En  la Costa Caribe de Nicaragua no hay autoridad que  quiera cumplir su deber de proteger la vida y la propiedad de los indígenas,  ni que  ponga coto a la violencia de los colonos  que llegan  de otras partes del país y  practican la violencia armada contra los indígenas,   ante la indiferencia de un Estado que es cómplice   por acción u omisión,  como dice muy bien  la señora Cunninghan.

Daniel Ortega ha creado un  Estado desmesurado  y poderoso,  armado hasta los dientes con equipos de guerra rusos, que impide la entrada al país de peregrinos católicos  y misioneros evangélicas, que  expulsa  a activistas democráticos y defensores internacionales de los derechos humanos, que tiene  una amplia red de espionaje y  se entromete  en la vida  de las  familias. Sin  embargo este Estado desproporcionado no  cumple su elemental  obligación de proteger la vida y la propiedad de todos  los nicaragüenses,  cualquiera que sea la etnia,  la clase social y la condición económica a la que pertenezcan.

Grandes extensiones de tierras en los territorios indígenas y zonas protegidas de Nicaragua, como por ejemplo la de Bosawas, han sido invadidas, desforestadas   y convertidas  en zonas de cultivo y ganadería,  inclusive de operaciones del crimen organizado. El costo de ese avance criminal  lo paga el  país, pero ante todo los indígenas con sus propiedades y hasta sus  vidas, ante, cuando menos,  la pasividad cómplice   del Estado orteguista.

Editorial indigenas miskitos Nicaragua archivo
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