Fernando Bárcenas

El juicio de la historia

Ortega, mientras conserve el poder, podrá gozar de impunidad y de un falso crédito. Lo que no conseguirá jamás es engañar a la historia. Su demagogia infantil no logrará jamás que esta deje de situarlo como la figura más retrógrada de nuestra vida republicana.

Todo sumado, en nuestro devenir caótico de país atrasado, influido por caudillos ignorantes, por una oligarquía parasitaria, y por aventureros y especuladores que ven la patria como botín, Ortega es quien más daño le ha hecho a la nación en términos absolutos. No solo porque estancó la economía, a causa de una rapiña familiar ilimitada, cuanto por la degradación moral y material, que provocó la diáspora de nuestro pueblo, al que condenó a la ignorancia y a la falta de dignidad laboral y cultural.

Los últimos treinta y siete años, a medida que Ortega adaptaba la Constitución al absolutismo, involucionó institucionalmente el Estado, convirtiéndolo en un simple aparato represivo totalmente inútil, obediente ciego del capricho familiar, bajo la dirección de una burocracia servil y cobarde, incapaz de un juicio profesional propio, por terror palaciego.

En el balance inexorable al final del orteguismo, sin contar la destrucción y pérdidas de vidas humanas que cobre su caída, cuando el país deba ser reconstruido sin recursos económicos, habrá que trabajar por algunas décadas, exclusivamente, para reponer los préstamos internacionales, y para pagar las deudas públicas, resultado de los fondos desviados por Ortega en provecho personal, en la corrupción más grande sufrida en la historia del país (que un profesor del Incae se atrevió a llamar “populismo responsable”, uniendo con ligereza dos términos conceptualmente incompatibles, ya que el populismo es estratégicamente irresponsable).

Antes de Ortega, Somoza manejaba el país como una hacienda, pero, con crecimientos económicos del 7  por ciento anual por veinte años seguidos. En rubros como el algodón, nuestros rendimientos por manzana superaban a los de Estados Unidos (EE.UU.). En otros términos, el somocismo, pese a su esencia criminal, antidemocrática, permitió que las fuerzas productivas se desarrollaran. Ahora, el dictador Ortega ha convertido al país en un corrupto reino de opereta, sostenido efectivamente por las remesas familiares, de los ciudadanos que ante la falta de empleos huyen desesperadamente como migrantes valientes, dispuestos a abrirse camino a partir de cero.

Nicaragua, con el 20 por ciento de su población más audaz convertida tristemente en emigrantes, debería acoger con fraternidad a los migrantes africanos y haitianos que transitan por nuestro país rumbo a EE. UU. Este desgobierno orteguista, celoso de mostrar ante el mundo su poder absoluto irracional, da rienda suelta a sus instintos represivos infamantes, y persigue y hostiga a los migrantes, cerrándoles el paso con el Ejército y la Policía.

Empujándolos a las manos de coyotes. No obstante, la población de nuestras zonas fronterizas, en muestra espontánea de solidaridad entre trabajadores pobres, sale en manifestación a exigir a Ortega que cese su política antinmigrante, reaccionaria y discriminatoria, contraria a nuestras costumbres.
Nicaragua, al final del orteguismo, se encontrará totalmente deforestada por la mafia maderera que actúa con impunidad, amparada por Ortega. Con sus recursos hídricos contaminados o exhaustos, por la urbanización irresponsable, por la falta de infiltración, por los deslaves, y por el cambio climático (sin políticas adecuadas de amortiguamiento).

La planicie fértil del Pacífico se habrá desertificado por la incapacidad del régimen de adelantar políticas de irrigación artificial. La educación y la cultura, totalmente abandonadas, habrá producido al menos dos generaciones irremediablemente perdidas por falta de formación técnica y profesional de calidad. El bono demográfico se habrá desperdiciado, como oportunidad única de desarrollo, convertido, más bien, en amenaza a la sostenibilidad de la población mayor. El INSS completamente quebrado, por gastos administrativos excesivos, y por el uso de sus recursos financieros en proyectos especulativos del régimen. Con lo mejor de nuestra población en la diáspora de la emigración. Con índices de productividad agrícola de la época colonial. Con los costos de energía eléctrica excesivamente altos, por la especulación orteguista en la industria de generación eléctrica, en transmisión y en distribución.

Este panorama, desafortunadamente sombrío, hipoteca terriblemente el futuro de nuestros hijos y nietos. Para regresar al crecimiento económico de Somoza, se requerirá más de medio siglo de trabajo planificado y austero.

El autor es ingeniero eléctrico

COMENTARIOS

  1. Salvador
    Hace 10 años

    Todo llega a su fin, y el del último rey de Escocia -Daniel Idi Amin Ortega Dada- también está escrito al igual que su paga por tanto daño al país.

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