La destrucción de los principios fundamentales de la democracia representativa occidental es uno de los objetivos del FSLN. Para tal fin utiliza una serie de tácticas dirigidas a desacreditar este modelo que ha funcionado y contribuido al desarrollo en países prósperos y equitativos del planeta.
El FSLN vende la idea que el modelo electoral representativo está agotado. Inculca el mensaje que no existen opciones electorales. Destruye las garantías de transparencia. Elimina los jueces internos o externos independientes que certifiquen el proceso electoral. Impulsa una mayor desarticulación de la oposición.
Esa táctica persigue que ciudadanos, con intención de voto diferente al de Daniel Ortega, que representamos casi el 60 por ciento del voto válido, prefiramos irnos al mar, a pasear o, en el peor de los casos, quedarnos en casa en lugar de ir a votar. Inculcan la apatía social. Paralelamente, utiliza la infraestructura y recursos económicos del Estado para movilizar a votar a la militancia del FSLN, a los trabajadores del Estado y a aquellos que recibieron algún tipo de beneficio, a los que tienen bien registrados, ubicados y chantajeados.
¿Cómo lo está logrando? ¡Fácil! Insta, alienta, facilita, organiza y financia innumerables voces de cualquier símbolo político dizque diferente a ellos para que, no solo desacrediten y destruyan lo que representan los procesos electorales democráticos, sino que contribuyan a elevar la guerra intestina entre los “demócratas” de Nicaragua.
El objetivo principal implica el cálculo de erigirse nuevamente no solo como el próximo gobernante, sino que arrastrar para sí mismo el poder absoluto, sin ningún tipo de pesos y contrapesos, que le dé el espacio a su medida para organizar la sucesión familiar en el Gobierno.
Ante esta realidad, creo que el camino a seguir no es el de invitar a la abstención. Considero esa opción como un error político histórico que el futuro nos cobraría a todos los nicaragüenses. Convocar a la abstención es hacer justamente lo que el sandinismo quiere, que no tengamos cuantificación electoral alguna. La abstención no es medible. Es más, peor aún, las boletas de aquellos que no lleguen a votar, indudablemente serán usadas fraudulentamente para votar por el “comandante”, como si hubieran físicamente atendido a su urna electoral.
Si en cambio, se presentan a votar, indistintamente de la “opción electoral” que seleccionen o, bien, deciden anular las boletas electorales, su voto se convierte en dato duro cuantificable que tiene que ser contabilizado y registrado. El FSLN volteará los números, pero allí habrán fiscales que proporcionen detalles y documentos suficientes de tales hechos y, más de alguna fuente de credibilidad interna que nos reporte el fraude.
La coyuntura internacional está desalineada para Daniel Ortega. Un torpe y mal cálculo político, sin duda ocasionaría un contundente rechazo y condena de la comunidad internacional y sus consecuentes medidas colaterales. Pero la comunidad internacional no podrá actuar a ciegas. Deberá contar con datos duros representativos del fraude con los que exigir la repetición del proceso electoral, en el cual se incluyan las garantías de inclusión, transparencia y supervisión nacional e internacional.
Personalmente aun no sé si voy a votar nulo o, por alguna “opción electoral”. Pero si de algo estoy convencido es que, no atendiendo a la urna electoral a ejercer mi derecho al voto, es coadyuvar en el interés absolutista de Daniel Ortega, su Frente Sandinista y de su fraude electoral. Existe un famoso refrán popular que dice: “Es mejor que digan aquí corrió, que aquí quedó”. Yo prefiero decir: “Aquí quedó, pero no se corrió”.
El autor es diputado