Max L. Lacayo

Hora cero en Estados Unidos

Parafraseando aquella vieja pregunta humorística: ¿Podría un estadístico meter la cabeza en el horno y los pies en el congelador y decir que en promedio se encuentra cómodo? Antes de apelar a las estadísticas para elevar un argumento, sería conveniente reflexionar en las palabras de Maya Angelou: “Si es cierto que una cadena es solamente tan fuerte como su más débil eslabón, ¿no es cierto también que una sociedad es tan saludable como su ciudadano más enfermo y tan rica como el más desfavorecido de ellos?”.

Dado el polarizado, encendido diálogo reflejado en la actual contienda electoral de los Estados Unidos (EE. UU.), es oportuno cuestionar la utilidad de hacer énfasis en la magnitud de la producción económica estadounidense, de su poderío militar, su grado de tecnificación, su influencia artística, o estilística, si decidimos esconder —advertida o inadvertidamente— todos los males que actualmente aquejan y amenazan la grandeza de esa nación.

En los asuntos de estabilidad política, económica y social no basta con meras percepciones genéricas. No es cosa de polos fríos y calientes generando bienestar generalizado. Hay que escudriñar, analizar las estadísticas y utilizar todo reporte de inteligencia para determinar el preciso lugar que ocupa una nación dentro del ámbito de su propia realidad presente y a largo plazo.

La verdad es que no es pesimismo, alarmismo, paranoia o demagogia analizar la realidad de EE. UU. desde la perspectiva de sus debilidades. Hacerlo de esta manera es simplemente ser proactivo, prevenido y sabio en el sentido que los males se deben extirpar a tiempo y teniendo presente que con variables inclusivas se pueden crear objetivos sólidos y alcanzables a plazos oportunos.

EE. UU. es grande no por posponer y contemplar, sino por actuar con diligencia; con décadas de anticipación. Esa nación no puede darse el lujo de estancarse en el pasado y asumir que todo está bien. Lo importante es —en primer lugar— el entendimiento de cómo las tendencias globales afectan la economía, la política y los aspectos sociales en EE. UU. y posteriormente, la utilización de los mecanismos que con visión de futuro permitan las trasformaciones esperadas.

Que hoy día en EE. UU. se hable de renegociar los tratados de libre comercio y de la recuperación de los puestos de trabajo trasladados a otras economías, no es asunto de politiquería. Los EE. UU., como toda economía, participa en estos acuerdos con diversos propósitos; entre ellos reducir o eliminar barreras comerciales con el fin de intercambiar los productos que cada país produzca más eficientemente, creando así “ventajas comparativas” en cada una de las naciones participantes; lo que se traduce en incrementos de producción y reducción de desempleo en dichas economías.

La experiencia de los EE. UU., en muchos de los casos, es desventajosa. Algunos socios comerciales no cumplen con los términos establecidos en los tratados; imponiendo tarifas, devaluando su moneda y manipulando requisitos. Así, estos, desincentivan las importaciones de productos provenientes de los EE. UU. a medida que invaden el mercado estadounidense con productos fabricados en sus economías. Esto ha generado grandes déficits en la balanza comercial de EE. UU. y ha contribuido a la movilización de corporaciones estadounidenses hacia países con costos de producción relativamente más ventajosos para sus empresas. El consecuente costo social para EE. UU. es la eliminación de las fuentes de trabajo.

Que hoy día se hable en los EE. UU. de la magnitud de la deuda nacional, tampoco es asunto de politiquería; especialmente si lo que se propone es reducir gastos públicos y tomar medidas para promover un crecimiento económico robusto.

El problema actual en EE. UU. atiende a que los ingresos públicos permanecen planos y los gastos públicos siguen aumentando desproporcionadamente, lo que obliga al gobierno a seguir incurriendo deuda para satisfacer las diferencias. Tales relaciones son evidentemente insostenibles.

Que hoy día se hable en EE. UU. de la necesidad de implementar formas más efectivas de combatir la infiltración terrorista, de reconstruir y maximizar la tecnificación de la defensa, de derrotar al enemigo radical islámico, no es asunto de politiquería. Actualmente, millones de votantes estadounidenses —trascendiendo ideologías— enfocan los problemas actuales desde esta perspectiva. Para ellos, el reloj marca la hora cero.

El autor es economista y escritor.

COMENTARIOS

  1. Edmund Dantes
    Hace 10 años

    Gracias Max. Solo alguien que viva en EUA sabe que lo que anotas es la verdad.

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