Franklin Bordas Lowery

Más allá de la primavera de la vida

Hoy día el mundo parece tener escuelas donde la instrucción se centra en vivir sin compañía, sin responsabilidad con alguien, sin compromisos más que con el trabajo y quizás una mascota: un perro —en el más popular de los casos— que no demanda más que una bolsa de comida a la quincena, no habla, no llora ni se lamenta y el movimiento de su cola cuando llegamos, nos deleita el pensamiento de sentirnos amados pero libres. Definitivamente el mundo nos está enseñando a vivir como islas, o como náufragos que aman vivir a la deriva, sin interés ni urgencia de llegar a ningún sitio, donde alguien podría estar sufriendo nuestra ausencia o reclamando nuestra presencia.

¿Qué extraño mal está afectado el planeta, que se está perdiendo el dulce placer de una compañía? España parece tener en su vientre un país de solitarios que crece acercándose casi al tamaño de la población de Nicaragua. Hogares unipersonales ha sido moda en toda Europa. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Insee), Alemania posee más de 12 millones de hogares unipersonales y Francia más de ocho, mientras que un censo del 2015 en México indica, que de cada cien hogares no familiares, 93 son unipersonales. La gente joven dice —¡que rico es no tener obligaciones fuera del trabajo!— Y la gente adulta, mayores de cuarenta, que no se han decidido por ninguna compañía, se enfrentan al dilema de urgir una relación, o atrincherarse al final de su vida en una mullida cama de enfermo sin una mano que lo invite a recibir el sol matinal.

Mientras interactuamos con gente en los lugares de nuestra actividad durante el día, la soledad parece alejada, olvidada; pero llegado el momento en que concluyen las tareas y el sol se va ocultando, el peso de regresar al lugar de reposo —donde el amigo televisor mantiene su frío monólogo— resulta ingrato, aunque se quiera disimular con libros, periódicos, música, mascotas, jardinería o hasta bebidas que hacen olvidar o más bien insisten en recordar.  Mi vida sin nadie que obligue, interrogue, juzgue, pida, estorbe, e incluso hable cuando no quiero escuchar —es la que necesito— parece decir esa nueva casta de solitarios por decisión personal.

Se puede culpar a la etapa de la “primavera de la vida” cuando eres parte de numerosas agendas, cuando llueven invitaciones y tu presencia fresca es reclamada como el agua en los círculos sociales, el creer que no necesitas a nadie. Este sentimiento de autosuficiencia, también afecta el tan necesitado respaldo de causas sociales que requieren el apoyo de la gente, porque la mente aísla los deseos de participación ciudadana y nadie quiere dar una milla más en el presente siglo donde pensar es mejor que caminar. El “yoísmo” y la soledad son hermanos de lo mismo: el reino de nadie.

“Cuando piensas en el camino que quieres seguir, no tienes que pensar por dos, solo tus circunstancias y tus deseos guían tus pasos”, escribe el periodista español Jordi Jarque en el artículo El placer de vivir solos. Muchos respaldan este pensamiento de Jordi, pero en la etapa temprana de la vida cuando parece que nada es imposible, aunque no más adelante, cuando el simple hecho de tragarse una pastilla se convierte en un acto titánico. Los nicas podríamos apoyar a Becker cuando jugando con las palabras dice: “La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”. Así es, de una familia en diálogo permanente nacen grandes enseñanzas y hasta sorpresas.

El autor es escritor.
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