Ante el monstruoso atentado terrorista ocurrido el jueves 14 de julio en la ciudad francesa de Niza, con saldo de por lo menos 84 personas muertas, y otras que están en coma, expresamos nuestra solidaridad con el pueblo de Francia y por medio de su Embajador en Nicaragua le hacemos llegar nuestro sentimiento de pesar por las víctimas de este otro genocidio terrorista.
Francia es un país emblemático, representa los valores supremos de igualdad, libertad y fraternidad que son los ideales y la aspiración de las naciones y personas de todo el mundo, incluyendo a las musulmanas. Por eso es atacado con particular saña por el terrorismo islamita totalitario.
El terrorismo islamista es global, porque se comete en cualquier parte del mundo y no hay lugar del planeta que esté a salvo de sus crímenes y su amenaza; y es total, porque es alentado por fanáticos totalitarios que pretenden someter a toda la humanidad, por medio del terror absoluto, e imponerle sus particulares creencias religiosas y políticas.
La brutal acción terrorista contra Francia es sin duda una reacción a las derrotas militares que los países aliados le están propinando a Estado Islámico en Siria e Irak. Pero aunque no estuviera siendo derrotado en la guerra de posiciones, el terrorismo también actuaría en Francia o cualquier parte del planeta, porque su naturaleza es criminal y su objetivo la dominación mundial.
El terrorismo islamita o yihadista pareciera ser incontenible, a pesar de las extremas medidas de seguridad y prevención que implementan los diversos Estados. Los terroristas se mimetizan en la población, se esconden en las comunidades musulmanas, operan en pequeñas células o de manera individual (los llamados “lobos solitarios”), y por su fanatismo religioso extremo actúan de manera suicida, convencidos de que morir matando “infieles” (o sea todos los que no piensan como ellos) les garantiza disfrutar los placeres de un supuesto paraíso celestial.
Seguramente que si no fuese por las estrictas medidas de seguridad implementadas en muchos países, habría más ataques terroristas y estos serían aún más mortíferos. Sin embargo esas medidas de prevención no son suficientes. Como aseguran los expertos en la lucha contra el terrorismo islamita, hace falta que las comunidades islámicas que no son extremistas no solo condenen verbalmente el terrorismo y digan que el Islam no es una religión de violencia, sino de paz. Deben de comprometerse en un apoyo real y activo a la guerra contra los jihadistas.
Tienen que hacerlo, además, porque la mayor parte de las víctimas del terrorismo islamista son musulmanes que no comulgan con el fanatismo fundamentalismo. Los terroristas islamistas, escribió el escritor musulmán británico Ed Husain en The Guardian, “quieren un califato y hacen un llamado a la intolerancia, la muerte y la destrucción; y nosotros (los musulmanes moderados) hacemos un llamado por la vida, el pluralismo, la apertura, la seguridad y la libertad de credo y de conciencia”.
Esas palabras deben de ser llevadas a la práctica. Los musulmanes moderados tienen que integrarse a la lucha contra el terrorismo islamista y promover una reforma del Islam que no deje ninguna duda de su índole pacifista, igual que lo hizo en su debido tiempo la religión cristiana.