Max L. Lacayo

El Reino Unido; apuestas y liderazgo

En una arriesgada apuesta política, durante la campaña para su reelección en las elecciones generales de 2015, el primer ministro británico, David Cameron, prometió celebrar un referendo para que el pueblo determinara si el Reino Unido debería permanecer o retirarse de la Unión Europea (UE).

El pasado 23 de junio se celebró dicho referendo y pocas horas más tarde Cameron, quien invirtió todo en el voto a favor de mantenerse en la unión, renunció a su cargo de primer ministro.

Aunque la UE es una unión económica y política, las consideraciones más relevantes del referendo que llevaron al pueblo británico a rechazar su participación en la misma, se concentraron en lo político: la intención de rescatar sus fronteras, ejercer mayor control sobre la inmigración y corregir los excesos del poder. Coincidentemente, estos son los sentimientos que actualmente motivan a gran parte de la población estadounidense.

Si bien los resultados del referendo no son jurídicamente vinculantes y el Parlamento tiene supremacía en las decisiones concernientes a la ley que autoriza al Reino Unido formar parte del bloque europeo, existen muchas consideraciones internas de mayor significación. Por ejemplo, en 2014 Escocia celebró su propio referendo con respecto a la intención de separarse del Reino Unido y 45 por ciento de los votantes manifestaron su intención independentista. El hecho que la mayoría de los escoceses favorecen el apego a la UE podría alimentar nuevamente esa inquietud separatista. Sin embargo, esto es considerado improbable, dada las dificultades que una Escocia independiente enfrentaría al tratar de integrarse al bloque europeo y a la OTAN.

Una vez superadas estas consideraciones, la recuperación total de la soberanía del Reino Unido resultará altamente beneficiosa, si y solo si el nuevo liderazgo que marchará a la cabeza de estos momentos inciertos, sobresale tanto en lo económico como en lo político y lo social. Después de todo, esta es la quinta economía más grande del mundo.

Como cabía esperar mundialmente, el impacto inmediato de esta decisión británica activó el consabido ciclo de oportunidades de compra y venta de valores para los inversionistas/especuladores profesionales. En esto radica un poder de resonancia que empuja a la opinión pública a lugares muy oscuros.

Dadas las condiciones británicas actuales es altamente importante apartar emociones y negociar un tratado comercial mutuamente favorable con la UE. Por su parte, las inversiones extranjeras en el Reino Unido nunca han existido por la razón única de lograr acceso al mercado de la Europa unida, por lo que es razonable esperar que el flujo de inversiones extranjeras directas hacia el Reino Unido continúen vigorosas.

En un plazo más inmediato, con la depreciación de la libra esterlina, el Reino Unido podría experimentar un favorable flujo turístico. Al mismo tiempo, el precio de sus exportaciones será más atractivo y causaría una reducción del desempleo.

Precisamente, hasta hace poco, los productores británicos se han estado quejando del relativamente alto valor de su moneda, el efecto en su competividad y el desacelere del sector industrial. Las importaciones en general tenderán a encarecerse por lo que la sustitución de productos de importación por los de fabricación o disponibilidad doméstica se hace necesaria.

En el caso del Reino Unido, la nueva posibilidad de aumentar la competitividad, su disponibilidad de mano de obra, las bajas expectativas inflacionarias, el hecho de poseer su propia moneda y tener contratadas sus deudas en esa moneda, lo posiciona favorablemente para impulsar un crecimiento económico sostenido.

El resto depende de los nuevos administradores públicos, la certeza de sus apuestas políticas y su capacidad de liderazgo.

El autor es economista y escritor.

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