Al contrario de lo que algunos piensan, sobre las relaciones históricas entre el PCUS y el FSLN, la presencia de la URSS en la vida política nicaragüense no es anterior al triunfo de la Revolución, sino posterior a este.
Para esa época Moscú no apoyaba a los movimientos armados revolucionarios en América Latina; ya que no actuaban de acuerdo con sus tesis de la revolución proletaria. La relación principal era con los partidos socialistas y comunistas que seguían la línea del PCUS. Fue hasta después del triunfo que este volvió los ojos hacia Nicaragua y me atrevo a decir que en gran medida debido a la influencia de Cuba.
Al triunfar la revolución sandinista en un país tan cerca de Norteamérica, en territorio continental, y siendo que aquella pregonaba los ideales del socialismo, convertía a Nicaragua en un punto de suma importancia para los intereses geopolíticos y geoestratégicos de la URSS frente a Estados Unidos.
La derrota de la revolución en Nicaragua por la vía de los votos en 1990, coincidió con la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista en Europa. Ambos fenómenos dieron lugar a la aparición de crisis políticas profundas en el FSLN y en el PCUS. La clase política rusa y el pueblo ruso en general vivieron algunos años de incertidumbre, de orgullo mal herido, y pérdida de identidad histórica al sentir que Rusia había dejado de ser la súper potencia mundial que, guiada por razones ideológicas, era la contraparte de Estados Unidos y factor de equilibrio en el escenario mundial.
En Nicaragua mientras tanto, Daniel Ortega se aferraba al viejo esquema político y maniobraba en el FSLN para hacerlo prevalecer en los años por venir; por supuesto, con él a la cabeza de ese partido como eterno secretario general, eterno candidato a la Presidencia y ahora como pretendido eterno presidente de la República. Para conseguir esos objetivos ha hecho uso de todo tipo de recursos lo cual ha significado que muchos cuadros calificados —hombres y mujeres— abandonaran esas filas para buscar nuevas opciones, que desde la izquierda propugnaran por establecer un régimen democrático, inclusivo, con desarrollo económico, justicia social y pleno ejercicio de las libertades.
En los años subsiguientes a la desaparición de la URSS, Rusia comenzó la búsqueda de una nueva doctrina geopolítica y geoestratégica que evitara en primera instancia el desarrollo de la estrategia NA conocida como The End Game o El Fin del Juego (Dra. en Geopolítica Silvia Marcu: [email protected]) que buscaba destruir el poder energético ruso, sacándolo del control político del gobierno, a través de miembros de la nueva oligarquía de ese país y el avance de las fronteras de Europa sobre su territorio y de la antigua URSS que cercaran y limitaran su poderío.
Los estudiosos de las ciencias políticas rusas definieron distintas concepciones doctrinarias, siendo el presidente Putin quien adoptara y comenzara a implementar la doctrina expansionista como el mejor mecanismo y vía para reposicionar a Rusia en su papel de gran potencia y establecer la pluripolaridad como contraparte a la unipolaridad pretendida por Estados Unidos.
El presidente Putin y la clase dirigente rusa a la par de lidiar con una gran cantidad de problemas internos de toda índole: económicos, políticos, étnicos, religiosos, territoriales, etc. fue desplegando sus esfuerzos para recuperar en primera instancia territorios de su antiguo dominio, tales como Chechenia, Abjasia, Osetia del Sur, Crimea, etc., lo mismo que tratando de recuperar su influencia política, militar y económica sobre antiguas repúblicas integrantes de la antigua URSS.
La nueva geopolítica rusa busca establecer áreas de influencia en Asia, norte de África, América Latina y otras partes del mundo. A eso obedecen las recientes visitas de las más altas autoridades políticas, económicas y militares rusas, incluyendo al propio presidente Putin, a varios países de esta región. Al ser Brasil la mayor potencia económica de América Latina y componente del grupo BRICS, adquiere una especial importancia para los intereses rusos.
El interés que podría tener Rusia en Centroamérica no es tanto económico como geopolítico. Para lograr el objetivo geoestratégico Rusia necesita, según expresiones del canciller Serguei Lavrov sobre la flota rusa, que esta “tenga la posibilidad de navegar por todo el océano mundial, algo que requiere la existencia de puntos de abastecimiento técnico y material, donde se pueda repostar, descansar y realizar pequeñas reparaciones”.
El modelo político implementado por Putin en Rusia es conocido como “democracia dirigida”, que se implementa a partir de una posición vertical del poder. Este es un modelo del agrado de Daniel Ortega. El mismo se manifiesta en el ejercicio autoritario y totalitario del poder, traducido en la implementación arbitraria de la ley, la violación de los derechos humanos. La censura de prensa, el acaparamiento de medios de comunicación, y la exacerbación del nacionalismo a ultranza, etc.
Los intereses de Putin coinciden con los intereses de Ortega; aquel desde el punto de vista de su interés estratégico mundial como líder de una gran potencia, este porque necesita un nuevo padrino en la arena internacional del cual colgarse, para convertirlo en su nuevo proveedor y que le sirva a la vez como propiciador de su protagonismo como supuesto líder antimperialista en esta región del mundo.
Tal vez sea por eso y por el afán mesiánico de Ortega, que este termine viendo en su relación con Putin y el gobierno ruso a los herederos del viejo PCUS y crea que esas son suficientes razones “ideológicas” como para poner en riesgo la soberanía de Nicaragua y sus relaciones con Estados Unidos y Europa.
El autor es miembro del MRS, diputado al Parlacén.