Un amanecer en Rivas

¡Dos de la madrugada! Es hora de dejar nuestra vivienda en la vieja casona de la hacienda “Buenos Aires”, donde pasamos las vacaciones de verano un grupo de amigos, todos compañeros de estudio en el Instituto Pedagógico de Managua. En el chagüital nos espera la carreta que ha de conducirnos, atravesando cañadas, hasta la ciudad […]

¡Dos de la madrugada! Es hora de dejar nuestra vivienda en la vieja casona de la hacienda “Buenos Aires”, donde pasamos las vacaciones de verano un grupo de amigos, todos compañeros de estudio en el Instituto Pedagógico de Managua. En el chagüital nos espera la carreta que ha de conducirnos, atravesando cañadas, hasta la ciudad de Rivas. A medianoche, un ligero aguacero ha refrescado la atmósfera y empapado el suelo.

Instalados con la poca comodidad que puede ofrecer una carreta, emprendemos la travesía. “¡Escándalo!” “¡Figura!” “¡Ceja!”, grita un campesino rivense de cabellos alborotados y medio soñoliento a los pesados bueyes. Tras el crujido de las ruedas, comienza lentamente la humilde carreta a moverse sobre el camino lodoso.

De vez en cuando, a través de algún hueco que dejan las ramas entrecruzadas de los árboles percibo, a lo lejos, la bóveda azulada del cielo. El aire húmedo nos dilata pausadamente los pulmones y, de tiempo en tiempo, alguna ancha y verde hoja de plátano roza mi cara humedeciéndola con las gotas que aún no se han deslizado hasta el suelo. “¡Ceja! ¡Ceja!” sigue gritando el carretero a los pacientes y esforzados bueyes que hunden sus pezuñas en el lodo que dificulta su marcha. A lo lejos se oye el graznido de un ave nocturna y, fuera de eso, la inmensa floresta se sume en el abismo del silencio.

Dos horas tardamos en salir del tortuoso camino y ya la yunta sudorosa enfila por un amplio callejón. Dormitando sobre un costal, contemplo la inmensidad de los abismos siderales. Miríadas de estrellas han ido desapareciendo a medida que se acerca la aurora. Desde lejos llega a mis oídos el canto de los gallos que anuncian el advenimiento del día. Pienso en la infimidad de mi ser. ¡Qué soy allí en medio de la espesura, sino un simple mortal incapaz de escudriñar los misterios del universo! ¡Cuánta poesía me inspira este singular recorrido por las cañadas rivenses! La carreta pasa debajo del arco de las ramas y, de vez en cuando, me sorprenden las chispas de los ojos de un zorro, cuyuso o mapachín.

Lenta y pesadamente llegamos al poblado de Buenos Aires. La humilde población aún duerme. Ni un alma vaga entre las sombras. Las casas de barro, tierra y caña van quedando atrás y otra vez nos encontramos en medio de los plantíos de cacao. A medida que pasa el tiempo, siento la huida de la noche. Sin duda, el sol va a salir muy pronto. Una apacible paz me invade.
A lo lejos, percibo las amarillentas luces que cuelgan de los carcomidos postes de la ciudad de Rivas. Una ancha calle se extiende frente a nosotros invitándonos a entrar en ella. A ambos lados, las casas continúan sumidas en la oscuridad. La carreta entra en la ciudad que aún no ha despertado. “¡Escándalo!” “¡Figura!” mansos y pacientes bueyes, hemos llegado. Pronto sentiréis aliviada vuestra carga.

La aurora comienza a dar un tinte rosado al cielo. La noche termina de recoger su manto de luceros, que uno a uno desaparecen. Las pezuñas de los bueyes ya dejan sus huellas por las calles solitarias de Rivas. Se abre una puerta. Aparecen tres ancianitas, vestidas de negro que se encaminan silenciosas a la misa de cinco de la vetusta parroquia. Más adelante, se van abriendo las puertas de las casas. Salen mozas descalzas y coquetas, con un recipiente a horcajadas a traer la leche con que fabricarán los deliciosos quesos. De las torres de la iglesia desciende un llamado de campanas. En lenta procesión las viejitas se encaminan a sus rezos. Pasa la triste salmodia de un ciego rezador.

Una hora después tomaremos el bus que nos conducirá a Managua, a disfrutar de la última semana de vacaciones y prepararnos para el regreso al colegio.

Cultura Carlos Tünnermann Bernheim Cuento archivo

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