Faltan menos de 20 años para 2035, y a estas alturas el país todavía no acierta a diseñar una estrategia para enfrentar, de manera concertada, los enormes desafíos que estará encarando para entonces. Lo que cabe retener es que los cambios necesarios para poder afrontar de la mejor manera estos desafíos, en realidad debían haberse emprendido desde ayer.
Los niveles educativos y destrezas con que la fuerza de trabajo nicaragüense deberá hacer frente, en ese entonces, a las exigencias de un mundo que requerirá niveles cada vez mayores de calificación y destrezas, ya se han forjado, o se están forjando ahora.
Los niveles de calificación y destrezas de la población mayor de 15 años, que para entonces representara todavía el 53 por ciento de la fuerza de trabajo, en lo fundamental ya se han fraguado. Los niveles de calificación y destrezas de la población menor de 15 años, que para 2035 representara el 36 por ciento de la fuerza de trabajo, se están determinando ahora mismo.
Fíjese usted, lo que ocurrirá en las próximas décadas se está fraguando desde ahora, con lo que se hace, o se deja de hacer, hoy.
En 2035 la población de 60 años se habrá duplicado, y el país se habrá adentrado en la fase avanzada de envejecimiento de la población. Habrá cada vez menos personas en edad de trabajar capaz de aportar al sustento y la atención en salud de cada adulto mayor.
Las personas en edad de trabajar aportan al sostén de las personas mayores directamente, a través de transferencias en el seno del hogar, o indirectamente, mediante contribuciones fiscales.
Siendo las cosas así, en 2035 la productividad de las personas en edad económicamente activa deberá ser varias veces mayor que la actual, para que estén en capacidad de generar los recursos necesarios para sostenerse a sí mismos de manera digna, y de contribuir al soporte de la masa de adultos mayores en rápida expansión.
Pero la productividad del trabajo agregada es un promedio ponderado, siendo el factor de ponderación el peso de cada sector de la actividad económica en la generación de empleo.
En Nicaragua siete de cada diez empleos son empleos precarios e informales, generados en las actividades de muy baja productividad. Estos empleos son los únicos capaces de absorber a una fuerza de trabajo como la nuestra, que se caracteriza por bajísimos niveles de calificación. Por su parte, las actividades de mayor productividad, que demandan mayor calificación, se caracterizan por su escasa capacidad de generación de empleos. Como resultado, la productividad media se mantiene muy baja.
La única manera de incrementar de manera sistemática la productividad media de la economía, a lo largo de varias décadas, es promoviendo la instauración de nuevas actividades dinámicas, caracterizadas por rendimientos crecientes y un alto potencial de crecimiento y de absorción de empleo, debido a su elevada elasticidad ingreso de la demanda.
En la medida en que porcentajes crecientes del empleo vayan siendo absorbidos por estas actividades se incrementarán, de manera simultánea, el empleo y la productividad media. La creación de empleos de creciente calidad y remuneración hará posible, a su vez, aprovechar al máximo la fase del denominado bono demográfico, en tanto el crecimiento de la población en edad de trabajar sea absorbido por este tipo de empleos. Lo mismo puede decirse del aprovechamiento del llamado “bono de género”.
Para ello se requerirá que se generen los niveles de calificaciones y destrezas que demandarán estos empleos, el desarrollo de la infraestructura y la logística necesarias, de una política fiscal y macroeconómica consistente con estos objetivos, y de instituciones públicas capaces, que contribuyan a promover y coordinar este esfuerzo, al desarrollo de las capacidades del país, a la solución de los problemas colectivos, y a que la actividad económica sea compatible con los límites que impone la naturaleza.