Marvel prolonga su dominio de la taquilla con la tercera entrega en la saga de El Capitán América. Pero es más que eso. Las conexiones entre todas sus franquicias, incluyendo las piezas corales de Los Vengadores, hacen imposible que pensemos en un solo personaje como protagonista. El publicitado “universo cinemático” está rindiendo frutos, produciendo historias más gratificantes para los convertidos, pero menos invitadoras para el espectador casual. El gran arco de la historia siempre es comprensible, pero la textura se diluye un poco.
Las Naciones Unidas deciden intervenir a los superhéroes, para tratar de controlar los daños colaterales de su lucha por la justicia. Esto no le cae muy bien al Cap (Chris Evans). La avanzada fiscalizadora coincide con la reaparición de Bucky Barnes (Sebastian Stan). El “soldado del invierno”, sobreviviente de la extinta organización terrorista Hydra, parece estar conectado con un brutal atentado que pone a prueba la alianza entre Los Vengadores.
Tony Stark (Robert Downey Jr.) se alinea con la nueva política. Steve no cree que su viejo amigo haya vuelto al lado oscuro y se convierte en un renegado, con el único objetivo de llegar a Bucky antes que le caigan las fuerzas de la ley. Todos los superhéroes —o al menos, los que fueron reclutados para esta película— se dividirán entre dos bandos.
Entrar en detalles arruinaría las pretendidas sorpresas. Sin embargo, lo más interesante de Capitán América es la manera en que cristaliza la fórmula de Marvel, en oposición a los intentos de DC Comics por conquistar espacio en el imaginario popular. Con Batman versus Superman fresco en la memoria, es notable el papel que tiene el humor. El ser humano le perdona todo al que lo hace reír. Por ejemplo: las partes más flojas de “BvS” eran las escenas dedicadas a preparar el terreno para la futura película sobre La Liga de la Justicia.
Igualmente gratuitas e innecesarias son aquí las escenas que introducen al nuevo Spiderman (Tom Holland). Para aligerar el peso muerto, los realizadores las presentan como alivio cómico, usando como ingrediente secreto el sentido de ironía de Robert Downey Jr. principal interlocutor del nuevo Spidey.
Capitán America también se distingue por humanizar en la medida de los posible sus secuencias de acción. Quizás la más efectiva sea la que tiene lugar en el mercado de una ciudad africana imaginaria. Mientras más banal y reconocible sea el escenario, más reales se sienten las proezas de los héroes. Compare con las batallas de destrucción masiva de “BvS”, donde el súper poder de los protagonistas convierta la acción en abstracción. Ambas películas ponderan el problema de la responsabilidad del héroe ante las víctimas colaterales de sus hazañas. Incluso en ese aspecto, Marvel es más efectivo. La clave está en anclarse a un personaje que humanice el problema. DC se queda en el concepto. Marvel le da una jugosa escena a la prodigiosa actriz Alfre Woodard. ¿Adivinen quién gana?
El peor vicio que aqueja a Marvel es el mismo que sufren todos los productos taquilleros de nuestros tiempos. El afán por devolverle al público el valor de su dinero se traduce en metrajes demasiado extensos. Hay mucho peso muerto. A pesar de su pirotécnia, la épica pelea entre los dos bandos de amigos y rivales, ejecutada en un aeropuerto, podría abreviarse. La misma historia podría haberse contado extirpando al nuevo Hombre Araña. Alimentar la anticipación por una película futura es más importante que la salud narrativa del filme presente. El mercadeo es el verdadero súper poder de estos héroes. Y también, su kriptonita.