En nuestra comunidad hemos concebido la siguiente definición al estilo nica de esta fe: “Tener Fe es agarrar la vara… y tirarse al ruedo”.
Para comenzar vayamos al Antiguo Testamento y leamos una de tantas citas de las características de Dios: “…misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado…” (Éxodo 34. 5-7). Pero de entre todos estos rasgos que Dios reveló a Moisés acerca de sí mismo, quiero destacar el de su fidelidad.
Que el Señor es fiel significa que no es variable, sino inconmutable y firme; que nunca falta a su palabra y que siempre cumple lo que promete. Nuestra fe se basa en esta fidelidad de Dios para con nosotros.
En el Nuevo Testamento, la palabra griega que traducimos como fidelidad es pistis. Y pistis lo que significa es que una persona es digna de confianza.
En este siglo XXI usamos una expresión que significa exactamente lo mismo. Decimos que una persona es “digna de crédito”. Crédito, desde luego, viene del latín credere: creer. Una persona es digna de crédito cuando le puedo creer, cuando puedo confiar en lo que me dice. Dar crédito a alguien no significa ante todo darle mercadería al fiado, sino ante todo, dar crédito a su palabra; es decir, creer que me pagará.
Entonces, un hombre fiel es alguien en quien se puede tener fe. Alguien en quien se puede confiar y con quien se puede contar. Alguien digno de crédito. Fiel no es alguien que cree en Dios sino sobre todo alguien en quien Dios puede creer. El que cuando dice que hará algo, podemos estar seguros de que lo hará. El que cuando se compromete con vos, sabés que no te abandonará.
Pero volviendo al tema de la fe en el Señor, pudiéramos decir que tenemos fe en él cuando nuestra esperanza y nuestra confianza están fundamentadas en lo que él es: el Fiel y Verdadero.
Resumiendo pues. Pudiéramos decir que está fundada en una base firme y segura: la fidelidad de Dios. Por eso es que se equivocan aquellos que ven la fe como un salto al vacío, y además con los ojos vendados. La fe no es un salto a ciegas. Es más bien como el chavalito que se tira a la piscina sin saber nadar, si su papá lo está esperando adentro para recibirlo en sus brazos. Si conocemos bien a nuestro Padre podremos entonces confiar en Él y en sus promesas, y relacionarnos con Él con una fe confiada y expectante.
Y ahora solo nos queda una pregunta por contestar: ¿Qué podemos hacer para desarrollar esta fe expectante en nosotros? Lanzarse al ruedo, arriesgándose a hacer el ridículo por el Señor. Pero también confiar en que puede crecer e ir progresando. Dice San Pablo: “Tenemos que dar en todo tiempo gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe está progresando mucho…” (2ª. Tesalonicense 1:3). Pero por otra parte, al igual que el Fruto del Espíritu es Dios mismo quien la inicia y la hace crecer en nosotros. Dice la Escritura en (Hebreos 12:2): “Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y es él quien la perfecciona”.
Nosotros no podemos construir nuestra propia fe. Pero tampoco Dios puede construirla sin nuestra cooperación. Como dice San Agustín: “El que te hizo a ti sin ti, no te puede salvar a ti sin ti”. Dios necesita de tu cooperación para edificar tu fe.
El autor es coordinador de la Ciudad de Dios
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