Hoy quiero que hablemos sobre la fe y de los tres niveles que existen: la doctrinal, la que confía y la que actúa, o fe expectante, como la llamamos en nuestra comunidad.
La fe doctrinal consiste en creer en Dios, en las verdades reveladas, en la doctrina cristiana y en los dogmas de nuestra Iglesia. Pero si solo nos quedáramos en el campo del conocimiento, o en una sola aceptación del Credo, el cual jamás pretendió ser una lista de cosas que debemos creer, sino un resumen de lo que Dios ha hecho para salvarnos, nos quedaríamos cortos en lo que el Señor quiere de nosotros, y aunque no podemos minimizar su importancia, esta es esencial pero no es suficiente. Dice Jesús: “Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo” (Santiago 2:19). Necesitamos tener esa fe, pero no es de esa fe de la que queremos referirnos en esta reflexión.
El siguiente nivel de fe es el que llamamos la fe que confía. No solo acepta las verdades del Credo, sino que también confía y entrega su vida en manos de Dios.
Muchos de nosotros tenemos suficiente fe doctrinal y suficiente fe que confía, pero no nos atrevemos a pedir y a esperar todo lo que Dios podría darnos. Debido a esta resignación, muchos aceptamos pasivamente las enfermedades, los problemas y dificultades, diciendo que son parte del plan purificador de Dios, y que no nos queda más remedio que aceptar su voluntad. Es cierto que muchas veces Dios permite estas dificultades y adversidades, pero no es esa su primera intención. Si no, ¿qué sentido tendrían entonces las palabras de Jesús?: “Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre” (Mateo 7:7-8).
Esta fe que confía es también esencial en cierta medida, pero Dios desea todavía algo más, desea que creamos y confiemos de una manera expectante. La fe expectante que se confía en manos del Señor y espera que actúe en situaciones específicas. Es alargar la mano para tocar el borde de su manto, como la hemorroisa, con la certeza de una respuesta… Esto es fe expectante. Esta es la clase de fe de la que queremos hablar en este artículo. Y se parece más bien a la del Buen Ladrón en la Cruz, que no tenía ni idea de la doctrina de Cristo, ni comprendía la magnitud de lo que estaba sucediendo ante sus propios ojos. El Buen Ladrón, sin embargo, creyó en Jesucristo; tuvo fe en
Él, confió en Él, y actuó su fe: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Y la respuesta del Señor no se hizo esperar: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42-43).
Es la fe que si vamos a orar todos para que llueva en una sequía, llevo conmigo mi paraguas.
Esta es la clase de fe de la que queremos hablarles. Es una fe en que porque creo, actúo. En que si creo que vas a venir a cenar a mi casa, preparo entonces algo especial, porque confío en que vas a llegar. Este es el significado bíblico de la palabra “fe”.
Se me acabó el espacio y ni siquiera he comenzado a hablar de esta fe. Por lo tanto les pido su generosidad y lean lo que tengo que decirles en mi próxima reflexión del próximo sábado.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS.
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