Francisco Aguirre Sacasa

Criterio

Agosto de 1914 marcó el cuarto año de la guerra más cruenta hasta ese momento de la historia. Me refiero a lo que conocemos como la Primera Guerra Mundial, a pesar de que fue esencialmente una pugna en Europa y entre europeos. Su dimensión mundial se debió, principalmente, a que hubo combates en el Medio Oriente y, en mucha menor escala, en Asia. Y, por supuesto, a que Estados Unidos entró a la guerra en 1917.

Esta no fue una guerra ideológica o religiosa. Fue una pugna por hegemonía entre dos grupos de imperios europeos precipitada por el asesinato del heredero del trono Austro-Húngaro en Sarajevo en 1914. Este incidente, a su vez, desencadenó una telaraña de alianzas que existían en los dos campos. Por un lado estaban los “poderes centrales”, liderado por Alemania, pero que también incluía a Austria-Hungría y el Imperio Otomano. Del otro lado estaban los países del “entendimiento cordial” que incluía principalmente a Francia, el Reino Unido, Rusia e Italia.

Austria-Hungría le declaró guerra a Serbia, país que Viena culpó de estar detrás del asesinato de su heredero. Enseguida, y ciegamente, los otros países de las dos grandes alianzas entraron en el conflicto. Alemania, la mayor potencia industrial y militar de Europa, apoyó a Austria, Hungría y Rusia entró para defender a Serbia, su hermano menor en los Balcanes, arrastrando consigo a sus aliados.

Ningunos de los gobernantes de los países involucrados en el conflicto pensaron que este sería largo y sangriento. Más bien pensaron que sería corto y glorioso. Una suerte de válvula de escape para disminuir la presión en la olla que habían creado las rivalidades europeas.

¡Qué crasa equivocación y falta de criterio! Los monarcas y políticos europeos ignoraron que esta guerra involucraría la utilización de armas modernas como aviones, submarinos, tanques y, sobre todo, ametralladoras. Esto aseguraría que sería letal. Otro error de criterio mostraron los mariscales y generales de los ejércitos al no modificar sus tácticas para proteger a sus tropas. En tan solo el primer día de la batalla del Somme en 1916, por ejemplo, Gran Bretaña tuvo casi 60,000 bajas cuando sus comandantes mandaron sus tropas a atacar a alemanes atrincherados y apoyados por ametralladores. Como consecuencia de esta miopía y falta de sentido común, para mediados de 1918 el saldo de soldados muertos de ambas alianzas se acercaba a diez millones.

Las potencias europeas estaban desangradas y agotadas. Pero a comienzos de 1918 comenzaron a llegar a Europa un importante número de tropas norteamericanas. Para mediados de 1918, ese chorro alcanzó 250,000 hombres por mes. Y aunque los soldados estadounidenses no siempre estaban ni bien armados ni entrenados, estaban frescos y numerosos. Inclinaron el fiel de balanza a favor de Francia y el Reino Unido.

De cara a esta situación, a finales de octubre el jefe del ejército germano, el mariscal Ludendorff, informó al emperador Wilhelm que Alemania tenía que negociar, y rápidamente, un armisticio antes de que colapsase su ejército. Además, prácticamente ordenó al káiser cederle el poder a un gobierno civil como había señalado el presidente Woodrow Wilson en sus “catorce puntos” para terminar la guerra. Además, dotar a Alemania con un rostro democrático haría que los civiles, y no el ejército, cargasen con el costo político de lo que, de hecho, sería un rendimiento alemán.

Ambas cosas sucedieron. Una delegación alemana presidida por un político civil, Matthias Erzberger, se reunió el 8 de noviembre de 1918 en el bosque de Compiegne con una delegación militar anglo-francesa en un vagón de ferrocarril que usaba el comandante supremo de los aliados, el mariscal Ferdinand Foch. Interesantemente no participó en esta negociación los Estados Unidos. En esta reunión, Foch le dio un ultimátum a los alemanes. Sus condiciones onerosas formaron la base del Tratado de Versailles de 1919 que oficialmente puso fin a la guerra pero sembró las semillas de la Segunda Guerra Mundial veinte años después. Otra falta de sano criterio. Y Foch le dio a los alemanes tres días para completar las negociaciones. Erzberger solicitó a Foch que se declarase un cese de hostilidades inmediatamente mientras se concluían las negociaciones. Le recordó a Foch que diario morían 2,250 soldados y que esas vidas podían salvarse accediendo a su pedido. Sin embargo, Foch no aceptó adelantar el armisticio. Es más, le dijo a sus aliados anglosajones, incluyendo al general John Pershing, el jefe de las fuerzas estadounidenses, que continuasen presionando a los “uniformados grises”, a como llamaba a los alemanes.

Y así fue. Las hostilidades continuaron tres días mientras las delegaciones negociaban. Y los ejércitos sufrieron más de 11,000 bajas de balde, ¡más que todas las que hubo en el Día D de la invasión de Normandía! Hasta las 5:10 a.m. del 11 de noviembre se firmó el armisticio que estableció las 11:00 a.m. de ese mismo día para el cese de fuego. O sea la undécima hora del undécimo día del undécimo mes.

El último muerto oficial de la guerra fue un raso norteamericano, cuyos antepasados irónicamente fueron alemanes. Murió atacando a una posición germana a las 10:59 horas. Los alemanes le hicieron señas de que desistiese ya que en un minuto entraría en vigencia el cese de fuego. Pero el soldado insistió y fue ultimado. Ese mismo mediodía, 320 soldados galos se sacrificaron para nada. Quizás para ocultar este desperdicio, en las lápidas de sus caídos los franceses inscribieron el 10 de noviembre como la fecha de su muerte.

En total, 2,738 soldados entregaron su vida en el último mediodía. Esto fue innecesario, producto, de nuevo, de la falta de sano criterio o sentido común —¡el menos común de los sentidos!— que imperó durante esa guerra e incontable otras instancias desde nuestro génesis como especie hasta el presente.

El autor es ex embajador en Estados Unidos.

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