Cuando se tiene un presidente autoritario e inconstitucional como Daniel Ortega, producto de un descomunal y vergonzoso fraude electoral para ostentar la silla que no se merece, que cree estar sobre la Constitución Política y sobre toda ley. Y más, cree ser él mismo la Ley, dueño de vida y hacienda de cualquier ciudadano mortal que se le oponga, quien puede ser víctima de muerte civil y despojo de sus bienes, como muchos hechos lo demuestran, por tener bajo su control los poderes del Estado que maneja como marionetas, no se puede esperar que actúe con cordura en un país donde se existe pero no se vive. Pues donde no hay libertad no hay vida.
Es por esta razón, de creerse indispensable e insustituible y eterno, que a Daniel Ortega jamás nunca se le ocurrirá la locura de someter su candidatura a la voluntad del pueblo como lo hizo Evo Morales en Bolivia, y la costumbre democrática lo exige, porque sabe, y lo tiene bien claro, que jamás nunca ganaría esa voluntad o que la perdería de calle, si no es él quien cuenta los votos y los distribuye, agarrando la mayor tajada del pastel, porque eso es para el dictador la votación, un alegre pastel para sí, burlando la voluntad popular de elegir libremente.
Precisamente, en estos días se cumplieron 26 años de aquella aparatosa derrota electoral que sufrió Daniel Ortega ante doña Violeta Barrios de Chamorro, candidata de la Unión Nacional Opositora (UNO), en 1990, inaugurando una época de paz, democracia y prosperidad, acompañada de su yerno y ministro de la Presidencia, ingeniero Antonio Lacayo, de grata memoria, y factor de cambio; experiencia que a Ortega no le gustaría se repitiese, ya que debe ser para él una amarga pesadilla recurrente: su fracaso como candidato y la pérdida del poder en elecciones libres y observadas por organismos serios nacionales e internacionales, a como las vino perdiendo el llamado gallo ennavajado, en las elecciones siguientes bajo instituciones democráticas y frente a una ideología liberal fuerte y unida.
Fue cuando se dio la torpeza del Partido Liberal dividiéndose en dos, con dos candidatos liberales, única forma de ganar que aprovechó Ortega, ya con un Consejo Electoral que cambió de azul y blanco a un claro-oscuro, ocultando los resultados finales que podrían haber obligado a una segunda vuelta en las elecciones de 2006, y debido también a otro altercado entre los partidos liberales perdedores, perdiendo Nicaragua.
Esto cambió la historia. Por eso estamos como estamos. A un intelectual nicaragüense se le atribuye la frase: “Estamos como estamos, porque somos como somos”. Si es cierto, la historia del caudillismo desde el cruel primer gobernador español de Nicaragua, Pedrarias Dávila (1527-1531), tiene sus fundamentos y es parte de nuestra absurda cultura política: donde encontramos más caudillos dictadores corruptos que presidentes honestos.
De manera que habiendo perdido la desunida oposición el primer round, demandando al menos un magistrado independiente en el Consejo Electoral, quedando electos por su Asamblea dos magistrados afectos a Ortega y a su proyecto de permanencia hasta el fin de sus días, no pensemos, pues, que la otra demanda de observación nacional e internacional independiente les será atendida, porque no está en la naturaleza del poder absoluto.
El famoso orador latino Cicerón dijo alguna vez: “La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo”. Hay que mantener la lucha abriendo más espacios, con creativos programas; no solo acomodarse a los que la dictadura quiera dar.
El autor es Presbítero Anglicano y abogado