Es triste comprobar que en nuestros centros de estudio existen pandillas. Jóvenes de entre 13 y 18 años con una conducta antisocial que deambulan en las escuelas disfrazados de “estudiantes”, pero lo que menos hacen es estudiar, crean el caos y el desorden, afectando al resto de la población estudiantil.
La existencia de estos grupos juveniles de conducta irregular, crece día a día y en muchos de los casos, en sus mochilas cargan armas blancas y están dispuestos a armar riñas callejeras, la mayoría de las veces sin motivo, con el afán de “marcar” su territorio e intimidar a los compañeros que les temen.
Provienen de hogares disfuncionales, hogares acomodados, que por las múltiples ocupaciones de sus padres, no vigilan su desarrollo físico y emocional, trayendo como consecuencia el desarrollo de esta conducta irregular que tanto daño está provocando en esta capa de la sociedad que debería ser promisoria y alentadora para nuestro desarrollo como país.
Este fenómeno aqueja a una gran cantidad de países pobres y desarrollados y significa un obstáculo para el avance económico y social que aún no han encontrado la fórmula para detener este flagelo.
Si a esto le sumamos el consumo de drogas que circulan con libertad y aparentemente poca vigilancia en las escuelas, tenemos como resultado una juventud carente de valores que entorpece su desarrollo. Los docentes son los primeros que deben mantener ojo avizor sobre estos casos que se detectan con rapidez y facilidad, pero que al no ser reprendidos, aumentan rápidamente “contaminando” a jóvenes sanos con deseos de superación.
El binomio educadores padres de familia debe cerrar filas para combatir esta tendencia creciente y perniciosa, combatiéndola con rigor y determinación.