Repasando el lunes pasado algunas similitudes y diferencias entre el régimen de Somoza y el de Ortega, destaqué la forma en que Anastasio Somoza —al igual que Ortega— cortejó la amistad con el sector privado y presidió un vigoroso crecimiento económico. Hoy veremos que también lo hizo con otros sectores.
Otro grupo, objeto de la atención esmerada de Somoza, fue la clase trabajadora. Multiplicó las llamadas “Casas del Obrero”; especies de club sociales proletarios; la primera en 1940, en Managua y la segunda en 1942 en León, en la que se repartieron, ¡14,000 platos de comida! Además, impulsó programas de viviendas de bajo costo y promulgó, en 1945, una legislación laboral moderna otorgando a los trabajadores derechos y protecciones que no habían conocido antes. Para ello contó con la asesoría del socialista mejicano, Vicente Lombardo Toledano. Estas, y otras medidas, le valieron a Somoza García el apoyo, o al menos el no antagonismo, del movimiento obrero organizado.
Somoza también se esmeró en restaurar las relaciones del gobierno liberal con la iglesia, todavía resentidas por la persecución del expresidente Zelaya y por la persistencia de algunas disposiciones legales, anti-clericales. Su actitud, muy distinta a la del liberalismo tradicional, más su profesión de fe católica, le valió ser considerado, por intelectuales como Emilio Álvarez Montalván, como “el más conservador de los líderes liberales”. Esto fue en cierta forma reconocido por los obispos en una carta pastoral de 1950, donde agradecían a Dios “la moderación de los gobernantes que, ya por sus sentimientos católicos, ya por sus simpatías personales, ya finalmente porque es preferible la armonía a la concordia, no han dado pábulo a la persecución que ciertamente se puede suscitar, en cualquier momento, al impulso de ciertas leyes subsistentes”.
Con respecto a la oposición Somoza usó procedimientos más refinados que los sugeridos por la política de las tres “p” que algunos le atribuyen (“Plata para el amigo, palo para el indiferente y plomo para el enemigo”). Durante una ola de protestas, en 1944, no cometió el error de Ubico y otros dictadores del área de matar manifestantes, aunque sí recurrió al uso de turbas comandadas por la Nicolasa Sevilla. En general, sus tres “p” preferidas fueron plata, prebendas y pactos.
En 1955, cinco, de los nueve periódicos existentes, eran opositores. Para moderar sus críticas el régimen, a través de la empresa estatal ferrocarrilera, entregaba miles de dólares a un estimado de treinta periodistas de los periódicos y radioemisoras opositoras. Otro ejemplo fue su trato con su gran adversario y conspirador, Emiliano Chamorro.
Además de haberle permitido seguir recibiendo en el exilio las ganancias de sus fincas ganaderas, firmó con él un pacto, en 1950, que concedía a los conservadores 18 de los 60 curules de la asamblea y dos de los cinco magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Esta habilidad de Somoza para cultivar buenas relaciones con múltiples sectores y mediatizar opositores, sumada a su buen manejo de la economía, explica gran parte del éxito que tuvo en prolongar su mandato y captar un buen caudal de apoyo popular. Pero paralelo a esta especie de aciertos no supo sustraerse de la seducción del poder y de sus propios apetitos. Esto lo llevó a romper el orden institucional y frustrar la transición a la democracia que venía gestándose en la década precedente. Haciéndolo malogró su legado e incurrió en costos muy altos para él mismo, para sus descendientes y para su país. Lo abordaremos en la próxima entrega.
El autor fue ministro de educación y rector de Ave María College.
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