Hace ya casi 26 años, producto de las presiones generadas por una sangrienta guerra civil, el desastre económico provocado por las políticas populistas, el desplome de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, los nicaragüenses tuvieron la oportunidad de ir a las urnas en lo que se considera la primer elección libre en el país.
Enfrentando a un régimen dictatorial, un servicio militar obligatorio que mandaba a los jóvenes a morir en una guerra sin sentido, una escasez de productos nunca antes vista y una hiperinflación que se cuenta entre las mayores de la historia de la humanidad y que evaporaba en cuestión de días el valor del papel moneda, los nicaragüenses no dudaron en sacar del poder al Frente Sandinista y elegir democráticamente autoridades que los pudieran rescatar del desastre en que los había hundido el gobierno “revolucionario”.
En aquel entonces, Daniel Ortega, que desde ya hace casi 40 años tiene una negativa influencia en el rumbo de este país, decidió aceptar la derrota, pero no sin terminar de causar daño al país con dos acciones nefastas: una, “gobernar desde abajo” que significó no dejar gobernar en paz a los presidentes que lo sucedieron, hasta que Arnoldo Alemán prácticamente le cedió la mitad del poder en el oprobioso pacto de finales de la década de los 90.
Y la segunda decisión que Ortega tomó aquel febrero de 1990 fue, mediante la aprobación de leyes durante los dos meses de transición entre las elecciones y la toma de posesión del gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro, repartir las empresas y propiedades que el Frente Sandinista había confiscado durante sus 10 años de gobierno y “blindarse” aprobando leyes que protegerían a funcionarios sandinistas salientes.
Ambas acciones y sus repercusiones causaron tal daño al país que aún hoy los nicaragüenses estamos pagando las consecuencias.
Igual que pasó en Nicaragua hace un cuarto de siglo ha sucedido en Venezuela, que luego de 17 años de “Chavismo”, un estilo de gobierno populista autoritario que ha despilfarrado la riqueza de un país que prácticamente nada en petróleo, llevándolo a la bancarrota.
Igual que hace un cuarto de siglo en Nicaragua, el cinco de diciembre los venezolanos propinaron una monumental derrota al chavismo en las elecciones legislativas, otorgando a la oposición 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional. Lo que se conoce allá como una “súper mayoría”.
Pero igual que hace un cuarto de siglo en Nicaragua, los chavistas de la saliente Asamblea Nacional están haciendo una “piñata”, aprobando leyes y eligiendo funcionarios con el fin de bloquear las políticas que la oposición democrática venezolana pretenda implementar.
Es una lástima que el chavismo tome esa actitud irresponsable y no reconozca ni respete la voluntad claramente expresada por los venezolanos, se empecine en no reconocer el fracaso de sus políticas.
Con esa actitud, el chavismo se convierte en una barrera que retrasará la salida de Venezuela del caos en la que el mismo chavismo la hundió, a pesar de haber gobernado durante el período de mayor bonanza económica de su historia, por los altos precios internacionales que tuvo el petróleo hasta hace poco más de un año.