En esta temporada de Navidad tenemos la oportunidad de reflexionar en medio de un mundo tan convulsionado como en el que vivimos. La Navidad hace que el mes de diciembre se convierta en la oportunidad de volver a la reconciliación, a la unión, a la solidaridad. Diciembre es la oportunidad para recuperar la paz.
No obstante, esta celebración tan especial para los cristianos, tristemente se está convirtiendo en una temporada de compras, regalos, estrenos, mucha comida, pero se está olvidando su esencia, que es el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Las calles, las casas y centros comerciales adornan con hermosos árboles y luces, sin embargo aquel que dijo “yo soy la luz del mundo” no está presente.
Una Navidad sin Cristo es lo más común en estos días, preparamos todo en casa, pero nos estamos olvidando de arreglar lo más importante: nuestro corazón para que acoja aquel niñito que no tuvo lugar en ninguna posada de Belén, y por tanto nació en un establo. Sin embargo, en cada Navidad se repite la historia, todos estamos disfrutando de la celebración de nochebuena, que nos olvidamos de dar albergue a Cristo en nuestro corazón.
Una noche buena sin Jesucristo es solamente una cena alegre, en donde pronto pasará el entusiasmo para luego volver a la preocupación, tristeza, angustia, a la depresión o la ansiedad. Porque aunque celebremos cada año el nacimiento del Hombre que pudo cambiar la historia del mundo entero, necesitamos compartir íntimamente con Él, para que con su poder, amor y misericordia pueda cambiar el rumbo de nuestra vida, llenándola de plenitud.
Cuando Jesús se convierte en el centro de la celebración, todos los días son nochebuena en nuestro corazón y en nuestro hogar, y aunque no siempre todo marche bien, con Él presente se tiene la fortaleza para seguir adelante, contando con su paz que sobrepasa todo entendimiento. Jesús lo afirmó: “Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, yo he vencido al mundo”. Juan 16:33.
Con el nacimiento de Jesucristo, Dios ha llegado a ser el “Emmanuel”, es decir, el Dios con nosotros, esperado por los siglos. El propósito del nacimiento de Jesús fue reconciliar al hombre pecaminoso con el Padre Celestial, pues Jesucristo se da por entero a la humanidad, para que ninguna barrera la separe de Dios.
San Juan nos dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. La venida de Jesús al mundo es la demostración más grande amor de Dios hacia la humanidad, en su hijo tenemos el camino hacia la eternidad, hacia la vida en abundancia y plenitud.
Mi oración para esta Navidad es que mujeres y hombres podamos tener el mismo comportamiento de los magos de oriente. Dispongámonos a dejarnos guiar por la estrella de Belén para encontrarnos con ese Hombre que tiene el poder de darle un nuevo comienzo a nuestra a vida, y que este año 2016 sea un período de nuestra historia donde sea Jesucristo gobernando nuestros pasos desde ahora y para siempre.
En mi artículo anterior de opinión mencionaba que debemos encomendar al Señor nuestros propósitos para que en Él tengamos éxito. La Navidad necesita ser una celebración netamente encomendada a nuestro Salvador, para que en ella podamos descubrir el precioso regalo de Navidad que nos da nuestro Padre Celestial: su hijo unigénito como garantía de nuestra salvación.
Les animo a que vivamos una Navidad diferente, donde el centro de la celebración sea la gracia que nos regala nuestro Señor Jesús. Busque la oportunidad para dar gracias por ese regalo maravilloso que dio Dios a la humanidad: nuestro Salvador Jesucristo. Que este tiempo sea el momento para buscar el amor, el perdón, la paz y unidad que solo Jesús puede dar. Que en esta
Navidad el Señor Jesús nazca en nuestros corazones y more en nuestros hogares, trayéndonos vida en abundancia.
El autor es Presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo