Como educador he venido observado con tristeza cómo los jóvenes están perdiendo muchas costumbres de buena educación y de cortesía de generaciones anteriores. Ahora tratan los varones a las mujeres sin delicadeza, irrespetándolas como a iguales, no les ceden los asientos, ni les abren las puertas, ni les ayudan llevándoles los paquetes pesados, sino que más bien hablan vulgaridades frente a ellas, les cuentan chistes crudos, las empujan y las llaman “mi brother”. Y ellas lo aceptan aparentando no importarles para no perder popularidad.
Decidí un día dirigirme al aula de algunos de mis alumnos mayores y de sopetón les pregunté: ¿Qué les parece si hoy hablamos de “la mujer”. Y ya se pueden imaginar ustedes cómo, además de manifestar cierta sorpresa y curiosidad, comenzaron —especialmente los muchachos— a decir cosas creyendo que ibamos a hablar de sexo.
No les hice caso, y dividí el pizarrón en tres grandes columnas. En la primera como título escribí la palabra: “Hombres” y comencé preguntándole a ellos cómo veían a la mujer en general y empecé a escribir debajo lo que iban diciendo, advirtiéndoles que esto era serio e importante. Recuerdo las cosas que fueron diciendo –además de que eran sexy y bellas— que eran inútiles, inferiores, sin fuerza física, que solo servían para criar hijos y ser amas de casa, que eran demasiado emocionales, que de todo lloraban… Lo decían en un tono vacilón pero sosteniendo que hablaban en serio, que así las veían. Casi solo señalamientos negativos expresaron, pero yo fui escribiendo en la columna literalmente todo lo que decían, en medio de las protestas airadas de las muchachas.
Titulé la segunda columna con la palabra “Mujeres” y les pregunté a ellas cómo se veían. Comenzaron a decirme que eran más fuertes que los varones y que aguantaban más el dolor y los sufrimientos; que eran más inteligentes, como lo demostraba que las mejores alumnas del colegio eran mujeres; que eran más maduras; que no perdían el tiempo en la violencia y las guerras; que podían concebir hijos, etc.
Finalmente (sin preguntarle a nadie y sin ponerle título alguno) comencé a escribir en la última columna algo más o menos así:
“Más valiosa que las perlas. Digna de toda confianza. Le produce a su esposo solo el bien todos los días de su vida. Es una incansable trabajadora. Es una admirable empresaria, muy buena comerciante. Administra la economía familiar y del hogar con toda sabiduría. Lleva adicionales ingresos al hogar involucrándose en la agricultura. Le gusta coser y cocinar. Cuida de los suyos y es previsora. Es caritativa con el desvalido y el pobre. Habla con sabiduría y amor. Cuida su casa. No es vaga. Cuida de sus hijos y ellos le llaman dichosa. Es el orgullo de su esposo y merece sus elogios. Es temerosa de Dios…”
Cuando terminé de escribir, todos —varones y mujeres— estaban sorprendidos y admirados y me preguntaban de donde había sacado semejante descripción tan honrosa, feminista y actual, que si Luther King, que si Juan Pablo II (y varias personalidades contemporáneas cuyos nombres ahora no recuerdo). Y la sorpresa de ellos fue mucho mayor cuando arriba de esa columna escribí “Dios” y todavía más cuando les dije que Dios había dicho eso de la mujer desde hacía unos 3,000 años, en tiempos del rey Salomón. Y terminé diciéndoles: “Muchachas, así las ve Dios desde siempre, no se dejen menospreciar si todo un Dios —el que las creó— las ve así”. Terminamos con la lectura bíblica de Proverbios 31 del verso 10 al 41.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS
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