Edmundo Jarquín

Mañana Venezuela

Con su paso a zancadas se aproximó Pedro Joaquín Chamorro, a quien esperaba en el corredor de su casa, y con un enérgico movimiento de mano me entregó un libro diciéndome que todos lo deberíamos leer en la Unión Democrática de Liberación (UDEL), coalición política contra la dictadura de Somoza que él encabezaba.

El libro se lo había regalado Domingo Sánchez Salgado, mejor conocido como “Chagüitillo”, un histórico luchador sindical, pionero del socialismo nicaragüense, quien precisamente este mes de diciembre cumple 100 años de edad, y sus amigos le rendiremos un homenaje.

El libro, Mañana España, era una conversación de Regís Debray, quien había acompañado al Che Guevara en el intento guerrillero de Bolivia, y Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista de España, que había participado en la guerra civil de ese país.

Era mediado de los años setenta, poco antes del fin del somocismo, y en España, después de la muerte de Franco, se abría la transición política democrática. Carrillo acogía la democracia y la economía de mercado, alejándose del socialismo estalinista, y se reconciliaba con sus enemigos de la guerra civil. Lo mismo hacían otros dirigentes del franquismo y el antifranquismo.

He acogido ese libro como referencia para titular este artículo, y también las circunstancias de la transición española, por la enorme expectativa que hay en torno a las elecciones legislativas de mañana en Venezuela.

Las cinco últimas principales encuestas de intención de voto (Datanálisis, Hinterlaces, Hercon, Ivad, Keller), que en las más de quince elecciones anteriores en ese país que ganó el chavismo, excepto una, pronosticaron los resultados, en esta ocasión anticipan el triunfo de la oposición con cifras que oscilan entre el 58 por ciento y el 65 por ciento, mientras el rango del chavismo va del 19 por ciento al 36 por ciento.

Son muchas las voces de la comunidad internacional, incluyendo gobiernos de la región, que pese al enorme desequilibrio de la campaña a favor del chavismo, están llamando a que la jornada electoral sea pacífica, los votos se cuenten bien, se respeten los resultados, y se tomen esas elecciones como un punto de inflexión para unir y reconciliar a los venezolanos.

Jesús Torrealba, secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), en que se aglutina la oposición al chavismo, se ha pronunciado claramente en la dirección de la reconciliación.

Seguro de que ganarán, ha dicho que no será para sustituir “un sectarismo por otro”, sino para “reconciliar el país y unirlo”. En esa perspectiva, reconoce el papel que el chavismo tendrá en el futuro, señalando que el triunfo de la oposición abrirá la “posibilidad incluso al oficialismo para refrescarse, para reinventarse”.

El presidente Maduro, al contrario, ha radicalizado su discurso polarizante y excluyente. Pero una cosa es lo que diga y quiera, y otra lo que las circunstancias y la correlación de fuerzas le permitan hacer, en especial en un potencial escenario de violencia en que las fuerzas armadas y de policía, hasta ahora permisivas y cómplices de los abusos represivos, tendrían que derramar mucha sangre de sus compatriotas.

No olvidemos que el intento de golpe de Estado de Chávez, a principios de los noventa, se fraguó en el malestar de las fuerzas armadas derivado de la represión durante el “Caracazo” de 1989, en que mataron a centenares de venezolanos. Y que en la única elección que Chávez perdió, el referéndum de 2007, le dijeron aceptara los resultados.

Ortega, en el acto de graduación de cadetes de esta semana, y ante todo el mando militar y policial, se ha solidarizado con ese discurso sectario y antidemocrático de Maduro, y, desde luego, su gobierno, sin incurrir en los errores de política económica del venezolano, tiene el mismo perfil represivo, autoritario y antidemocrático.

Los vientos políticos están cambiando en muchos países de América Latina, y también en Nicaragua. La derivación orteguista del gobierno, hacia posiciones excluyentes incluso dentro del propio sandinismo, está socavándose a sí misma. Nicaragua pertenece a todos, sandinistas y no sandinistas, y el orteguismo es una privatización familiar del país en torno a unos pocos, algunos sandinistas y otros no.

La historia no está a favor del orteguismo. Esta es una convicción que se extiende. Mañana España. Mañana Venezuela. Mañana Nicaragua.

El autor fue candidato a la vicepresidencia de la República.

COMENTARIOS

  1. Javier Perez
    Hace 11 años

    De acuerdo. Edmundo Jarquin alto representante del gobierno sandinista. De seguro si el sandinismo no hubiera perdido las elecciones este señor ahi anduviera de embajador por muchos países….no hable señor Jaquin como mansa paloma

  2. ciudadano
    Hace 11 años

    Los pueblos tenemos memoria! No mas dictaduras.

  3. Ken
    Hace 11 años

    El Sr. Jarquín habla con gran autoridad moral, la que no tiene, pues durante el férreo régimen de los años 80 en Nicaragua él fue Ministro (manejo las relaciones con el régimen de Gadafi), Embajador en México, y Diputado. El Sr. Jarquín fue alto representante y defensor de un régimen tan represivo igual o peor que el de Maduro en Venezuela. Los pueblos tenemos memoria

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