En aquellas tardes de abril, donde el aire besa los ventanales cubriéndolos de polvo, por los años de 1940 el viejo pueblo de Somotillo, municipio de Chinandega, donde se ubica esta historia, tenía la apariencia de pueblo abandonado: Una sola calle, la casa cural, la ermita, la cantina llamada “ La Conga Roja” la venta de don Adán Quintana, los caballos refrescándose debajo de algún árbol clemente, daban un aire de soledad y misterio.
La vieja casona de la familia, era amplia de anchos corredores, jardines al centro estilo colonial, donde en las tardes pintadas de un cielo anaranjado mi abuela sentada en un taburete mientras hacía puros y bebía café solía contarme historias de caminos, personajes de aparecidos, leyendas que despertaban mi curiosidad.
Mi abuela era conversadora, gustaba de fumar puro, melenqueaba, escupía, mientras contaba sus historias con amena gracia. Casó con un español andariego que vino por estas tierras y lograron fundar una comarca, no muy lejos del pueblo.
En aquellos tiempos era costumbre que las mujeres tuviesen muchos hijos, en la vieja casona nacieron de aquel matrimonio 13 hijos.
Don Gregorio Varela, mi abuelo, fundó aquella comarca donde la mayoría de sus habitantes eran familiares entre sí, posteriormente construyeron la casa en el pueblo donde nací y me crié bajo un mundo lleno de leyendas que fueron llenando mi mente de imaginación y desasosiego. Una de las tantas leyendas contadas por mi abuela, fue aquella noche en que bajo una gran tormenta del mes de octubre, viajó en una mula desde la finca en busca del único Dr. del pueblo, con la criatura prendida en calentura y el juicio lleno de desvaríos.
Decían los lugareños que en la esquina opuesta de la cantina que les conté, vivía Don Gonzalo Guerrero, hacendado terrateniente, viejo rico de quien se decía tenía “pacto con el diablo” según se contaba, ofrecía en pago de su riqueza niños enfermos que pasaban por su casa como prenda.
La verdad es que mi abuela, recordó aquella historia y antes que el diablo lo supiera, se persignó ya casi para doblar la esquina: ¡Mas fuerte venís
Mas fuerte mi Dios, la santísima trinidad me libre de vos!
Así llegó donde el doctor con el hijo encendido en calentura, sin imaginar que la polio había atacado la humanidad del hijo quien falleció horas después. ¿Moriría de calentura o lo vio pasar Don Gonzalo? Aún se pregunta mi abuela, recostada en la silla mecedora. Los recuerdos se mezclan, estira las hojas del tabaco, vacila con sus pensamientos. Me contó que la mudada de la criatura, la tiene guardaba en el cofre, como recuerdo de aquella noche de relámpagos y desgracias.